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Agresividad infantil

Agresividad infantil
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Todos los niños pueden tener, a partir del primer año de edad, momentos o ataques de agresividad que junto con los impulsos contrarios, es decir, de cariño y amor, son el primer bagaje emocional que traen al nacer. Son reacciones adaptativas e incluso necesarias para la supervivencia y el desarrollo normal y deben ser “vividas” por el propio niño. El problema surge cuando esa agresividad se mantiene en el tiempo, se convierte en la forma habitual de resolver sus conflictos, de llamar la atención o de conseguir lo que quiere.

En su primera etapa de vida, el niño aún no sabe bien qué puede y qué no puede hacer. Esto le desconcierta y le provoca inseguridad. Esta agresividad inicial puede ser entendida, en un primer momento, como una forma de pedir límites para obtener dicha seguridad.

 

Sin embargo la situación cambia cuando esa misma actitud agresiva se convierte en una herramienta poderosísima y tremendamente eficaz para conseguir sus deseos. Esa utilidad aparente (real en algún momento) pasa a ser fuente de frustraciones y problemas de comunicación y relación social, llegando a impedir una adecuada integración, contribuir a un futuro fracaso escolar y en casos extremos ser la base de una conducta antisocial que pueda desarrollarse en la adolescencia y edad adulta.


 

¿Qué es una conducta agresiva?

 

La diferencia fundamental por lo tanto, entre este comportamiento agresivo inicial, adaptativo, y la conducta propiamente agresiva radica en su intencionalidad. Con ésta se busca provocar un daño, ya sea físico o psíquico, de manera deliberada tanto en forma de golpes o patadas, como de insultos, palabras malsonantes o expresiones despreciativas hacia los otros. Además mientras la primera se presenta como una forma de aprendizaje y de adaptación a su entorno en un periodo de tiempo determinado, la temprana infancia, la segunda se prolonga y se mantiene más allá de ese momento vital y se convierte en el instrumento habitual de actuación y resolución de problemas.

Escoger escuela infantil, una decisión de futuro

Escoger escuela infantil, una decisión de futuro

La educación de los primeros años –especialmente de 0 a 3- cumple un papel crucial en la estimulación y guía del desarrollo de las potencialidades del niño. Es esta etapa cuando se asientan las bases para futuros aprendizajes. Por este motivo, elegir una buena escuela de educación infantil supone una decisión fundamental para tu hijo. Pero, ¿cómo acertar?, ¿qué criterios seguir?


 

Causas y factores que influyen

 

La teoría del aprendizaje social defiende que las conductas agresivas se aprenden por imitación de los modelos que el niño tiene a su disposición desde el principio, es decir, sus padres en primer lugar y su entorno social inmediato en segundo (otros adultos o compañeros de juegos). Así, el niño suele comportarse y relacionarse con los demás casi en la misma forma en que sus padres lo hacen: si éstos actúan normalmente de forma brusca y a gritos, aprenderán que esa es la mejor forma de actuar y si por el contrario suelen comportarse tranquila y sosegadamente en sus relaciones con los demás, el niño se portará igual con sus amigos.
 

Tan importante como la conducta en sí es el tipo de consecuencia que obtenga de la misma: si tras una conducta determinada el niño obtiene algo agradable para él, la probabilidad de que ese comportamiento se repita aumenta considerablemente, sea adecuado o incorrecto.

 

En España, más del 55% de los padres educan de forma violenta a sus hijos, gritando y utilizando el castigo físico con relativa frecuencia como método casi único de ejercer la disciplina. Este tipo de actuación provocará más problemas en el desarrollo del niño cuanto mayor sea la dureza en el castigo, sin olvidar que el castigo físico pierde eficacia con la repetición a no ser que vaya aumentando su intensidad, por lo que, en realidad, deja de ser útil a medio y largo plazo. Aunque tradicionalmente se haya defendido el cachete a tiempo como una buena forma de evitar comportamientos inadecuados, más que prevenir lo que hace es provocar esa agresividad no sólo en el niño sino también en nosotros mismos.

 

En ocasiones el cansancio, los problemas cotidianos, el ritmo acelerado de vida nos llevan al recurso fácil del cachete como solución efectiva y rápida para controlar el mal comportamiento de nuestros hijos. Sin embargo debemos saber que existen formas alternativas, respetuosas y mucho más eficaces para lograrlo: pegando enseñamos a pegar, dialogando enseñamos a dialogar, amando y comprendiendo enseñamos a ser buenas personas.

 

¿Puede tratarse?

 

Si las conductas se aprenden significa que también pueden modificarse. Esto se aplica tanto a las conductas agresivas como a las más sociables y positivas. Por lo tanto es evidente que un comportamiento basado en la agresividad puede no sólo tratarse sino ser modificado y sustituido por otro adecuado.

 

No obstante, el mejor tratamiento es la prevención y en ésta, el papel de la familia es fundamental. Así, una primera forma para prevenir la agresividad es la de convertirnos en modelos adecuados para nuestros hijos, repartiendo amor, cariño, ternura, formas de comunicación positiva, sin gritos ni malos gestos, con firmeza pero con calma. No será algo infalible, pero la probabilidad de que nos imiten será mucho mayor y, por tanto, la de que realicen la conducta contraria.
 

También es importante que apreciemos a tiempo si nuestros hijos presentan algún déficit de habilidades sociales, pobre capacidad de comunicación, ausencia de estrategias verbales adecuadas para resolver situaciones complicadas para ellos, etc. y que puedan estar detrás de la agresividad que manifiesten. Es fundamental, en este caso, consultar y hablar con los profesores ante cualquier duda, ya que es en el colegio donde pasan la mayor parte del tiempo.

 

No debemos olvidar tampoco la posible existencia de factores orgánicos que puedan estar en la raíz del problema, tales como enfermedades específicas, una nutrición inadecuada o problemas hormonales.

 

Si realizando todos los pasos anteriores vemos que el problema no se soluciona o que, incluso, sigue aumentando, no debemos dudar en acudir a un profesional que pueda ayudarnos adecuadamente a encontrar tanto las causas del mismo como las medidas a adoptar para resolverlo de forma satisfactoria.


 

Agresividad en el aula

 

La escuela es el lugar donde más fácilmente puede detectarse un comportamiento agresivo: es donde más horas pasan y normalmente, los profesores o tutores nos informarán al respecto de forma objetiva y profesional, en cuanto se advierta el problema. Si ocurre, conviene escuchar atentamente las razones y datos que nos aporten sin adoptar una actitud defensiva o de recelo. No nos están criticando, sino ayudándonos en la tarea de educar a nuestros hijos. Es aquí, en la escuela, donde aprenderán normas básicas que deben ser respetadas por todos.

 

El tipo de amigos o compañeros con los que más se relacionen es determinante, ya que si esa asociación se produce con niños desadaptados es más probable que aparezcan conductas también desadaptadas y, al contrario, si se unen o relacionan con amigos con buenas habilidades sociales es más fácil que adopten ese comportamiento socialmente aceptable.

 

Una vez detectado el problema, el tratamiento del mismo debe ser compartido trabajando en casa y en el colegio con un objetivo fundamental: eliminar o desaprender la conducta inadaptada y aprender la adaptativa.

 

En la escuela pueden instaurarse programas de habilidades sociales que favorezcan la resolución adaptativa de conflictos entre los alumnos, donde aprendan formas correctas de expresar sus emociones, a controlar la ira, a relajarse, etc., de tal forma que aumente su confianza y la seguridad en sí mismos.

 

No obstante la labor más importante es la preventiva y en la escuela puede conseguirse potenciando la educación en valores, informando sobre la violencia, motivando y tratando a los alumnos especialmente conflictivos, no dejando pasar ninguna conducta agresiva sin que se apliquen las correspondientes medidas correctoras, y manteniendo una constante cooperación entre los padres y profesores, tanto para el caso del niño que agrede como el que es víctima del mismo.

 

Por último, no debemos descartar la posibilidad de que necesite tratamiento individualizado o incluso en algunos casos, un cambio de centro no vendrá mal.

 

Si nuestro hijo es el agredido…
 

Generalmente tendemos a fijarnos en el niño que más llama la atención, sin embargo muchas veces el más silencioso o tranquilo puede ser el que esté sufriendo el problema. Debemos también estar atentos a cualquier cambio de humor que se produzca repentinamente en el niño, como que se muestre poco comunicativo, taciturno, silencioso, con reparos a la hora de ir al colegio… Un bajón importante en su rendimiento o un estado de ánimo claramente depresivo son posibles indicadores de estar sufriendo acoso por parte de los compañeros.


 

Consejos generales

 

• Convertirnos en la mejor prevención y el mejor tratamiento para la conducta de nuestros hijos: lo que vean en nosotros es lo que aprenderán.
 

• Mostrar vías alternativas a la agresiva para resolver sus problemas.
 

• Practicar la relajación, para nosotros y para ellos, como si fuese un juego: les ayudará a reducir tensiones innecesarias.
 

• Establecer un acuerdo entre los padres: Si uno permite casi todo y el otro no el niño se confundirá y se rebelará con facilidad.
 

• Decidir las normas por consenso y sin que estén presentes los niños.
 

• Si aún así uno de los dos se equivoca, no reprocharle nada delante de los niños: lo desautorizaremos y ellos se darán cuenta.
 

• Es más efectivo recompensar un comportamiento positivo y adecuado que castigar el incorrecto.
 

• En caso de necesitar aplicar un castigo, tratar que éste sea proporcional a la edad del niño y a la conducta inadecuada realizada: no debe depender de nuestro estado de ánimo sino de cómo haya actuado el niño.
 

• Guardar congruencia entre lo que pedimos y cómo lo pedimos: si a voces le decimos “¡Deja de gritar!” o “¡No se pega!” mientras le damos un cachete, desconcertaremos al niño además de caer en la paradoja de intentar mostrarle de forma agresiva cómo no ser agresivo.
 

• Reforzar conductas alternativas e incompatibles con la que pretendemos eliminar.
 

• Paciencia, constancia y cariño: los cambios no se consiguen en un día pero si nos mantenemos firmes se producirán.

 

Las rabietas, ¿Cómo actuar?

 

• No prestarle atención cuando se produce: cuando veamos que disminuye en intensidad continuar con lo que se estaba haciendo con normalidad, sin nombrar para nada lo ocurrido.
 

• En caso de que se prolongue excesivamente (su paciencia y energía son infinitamente mayores que las nuestras) puede usarse, por ejemplo, la técnica del “Tiempo Fuera”: llevarle a su habitación o lugar donde podamos controlarlo sin que se de cuenta y donde esté sentado o quieto hasta que ponga fin a la rabieta.
 

• Aprender cuándo y dónde se producen con más frecuencia las rabietas: si es en un lugar público con más gente, si es cuando estamos más cansados…
 

• No creer, aunque nos lo digan, que una rabieta “es algo normal”. Más bien es algo aprendido anteriormente porque al niño le sirvió para obtener lo que quería.


 

Los niños que muerden, ¿qué hacer?

 

Esta actitud suele aparecer en el periodo que va de 1 a 3 años. Puede tener diferentes causas (ansiedad, disciplina excesiva, estar echando los dientes o su manera particular de conseguir atención) pero no debe permitirse.

 

• El morderle nosotros para que “vea cómo se sienten los demás” no evitará que continúe haciéndolo. Incluso podrá aumentar su comportamiento agresivo.
 

• Cuando muerda a otros niños procurar no jugar ni prestarle atención durante un tiempo breve (4 ó 5 minutos). Aprenderá que con ese comportamiento no obtiene “cosas agradables”.
 

• Adaptar nuestra respuesta a su edad: a un niño de 3 años es posible hablarle indicándole por qué no es correcto morder pero uno de menor edad no lo entenderá.
 

• Usar un tono firme y desaprobatorio de la conducta pero con calma y tranquilidad.
 

• Si a pesar de todo persiste en morder, consultar con un médico.
 

• Si el médico no encuentra causa orgánica acudir a un psicólogo: nos ayudará a ver y corregir los posibles fallos en nuestro actuar y propondrá la mejor forma, adaptada a nuestro hijo, de solucionar el problema.
 


Redacción: Juan Pedro Valencia
Psicólogo. PSYSTEL 91 562 39 47

6 Comentarios

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  1. Anónimo

    " Buenos días

     

    Me podrían proporcionar el año en que se publicó el artículo, gracias

    ".

    Responder
    • Anónimo

      "me gusta mucho la pag".

      Responder
      • Anónimo

        "Podrian facilitarme el año del articulo redactado por Juan Pedro Valencia sobre agresividad infantil".

        Responder
        • Anónimo

          "GRACIAS POR TODOS LOS COMENTARIOS, SON MUY BUENOS Y DE GRAN AYUDA".

          Responder
          • Anónimo

            " MUCHAS GRACIAS POR TODOS ESTOS TEMAS QUE COMPARTEN CON NOSOTROS, ME HAN SIDO DE MUCHA AYUDA.

            ".

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            • Anónimo

              "excelentes propuestas para una mejor educacion y ciranza hacia nuestros hijos".

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