Preadolescencia y amigos, ¿qué problemas pueden surgir?

Preadolescencia y amigos, ¿qué problemas pueden surgir?
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Sabemos que nuestros hijos siempre serán nuestros niños, nuestros pequeños, a los que protegeremos, cuidaremos y adoraremos cada día. Sin embargo, hemos de ser conscientes de que la niñez es una etapa que se termina pronto y “nuestros niños” algún día pasarán a ser adolescentes.

La preadolescencia es la etapa que atraviesan nuestros hijos una vez dejan atrás su niñez para comenzar entonces a ser adolescentes, y a pesar de que no son ni una cosa ni la otra, esta etapa se convierte en una de las más difíciles para nosotros, los padres, las personas que a partir de este momento vamos a tener que lidiar con ellos cada día. 


Por tanto, la preadolescencia se concibe como la etapa vital que oscila entre la niñez y la adolescencia y la que además supone el anticipo de unos cambios tanto físicos como emocionales que llegarán enseguida. Según algunos expertos esta etapa oscila entre los nueve y los trece años, aunque también se puede alargar hasta los catorce años, ya que esto depende del desarrollo y crecimiento de cada niño.


La preadolescencia marca el comienzo de una nueva etapa de construcción de la identidad de nuestros hijos y es en esta construcción donde intervienen algunos cambios corporales, conductuales y emocionales. En esta etapa nuestros hijos van a experimentar cambios biológicos y sociales, pero también transformaciones cognitivas que les permitirán enfrentarse a las tareas intelectuales ya propias de los adultos. Lo que realmente caracteriza a esta etapa es el desarrollo del pensamiento formal, aunque éste aparece más bien al final de la preadolescencia.

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Además de todos los cambios físicos, emocionales y conductuales que puedan ir apareciendo, durante esta etapa hay que tener en cuenta también un factor muy importante: los amigos. Durante la preadolescencia, los amigos de nuestros hijos van a influir mucho en ellos, pues son, sin duda, el pilar más importante en este momento. Nuestros hijos, sin ser culpables de ello claro está, creen tener a lo largo de toda la preadolescencia e incluso de la adolescencia cientos de amigos que durarán para siempre, pero a pesar de que algunos de ellos puedan quedarse, la mayoría formará parte de tan solo una pequeña parte de su vida.


Por eso, como padres, hemos de saber y conocer quiénes son todos esos amigos con los que empiezan a juntarse y a salir por ahí. Es cierto que juzgar de manera precipitada cuando al principio los nuevos amigos de nuestros hijos no nos transmiten buenas vibraciones no es nada bueno y además no nos llevará a ningún sitio ya que incluso podemos conseguir que nuestros hijos se enfaden y no nos dirijan la palabra. Por eso lo primero que debemos hacer (y más importante) es tener una buena relación con nuestros hijos e intentar transmitirles la confianza suficiente para que nos puedan contar (incluso sin nosotros preguntar) quiénes son sus nuevos amigos, qué estudian, quiénes son sus padres, etc.


Está claro que no debemos tomarnos esto como un interrogatorio ya que puede surgir algún que otro conflicto y simplemente tomarlo como una conversación en familia, fluida y sin especulaciones innecesarias que puedan alterar la situación. Tenemos que tener en cuenta que a pesar de que su comportamiento está cambiando (algo que nos desconcierta siempre), hay algunos cambios muy bruscos que surgen de manera repentina a los que debemos prestar especial atención ya que pueden ser consecuencia de las nuevas amistades que tengan:


- cambios bruscos de personalidad.

- cambios extremos de peso.

- indicios de que fuman, beben alcohol o toman drogas.

- problemas con la ley.

- falta de asistencia al colegio o el instituto, incluyendo además el suspenso generalizado de las asignaturas.


Además de todos estos cambios existen también otras muchas señales que indican el uso de alcohol y drogas, por ejemplo, el aislamiento, el cansancio o el descuido en el aseo personal y la pérdida de interés por sus aficiones; o señales que indican depresión, dado el bajo nivel de autoestima o los cambios de comportamiento (faltas de concentración en la escuela, disminución en las notas), de hábitos alimentarios (pérdida o aumento excesivo de peso) o de hábitos de descanso (dormir demasiado o muy poco).


Y por ello debemos saber reaccionar ante cualquier cambio o indicio extraño que se observe y que, no obstante, provoque transformaciones repentinas en ellos. Si lo conseguimos podemos evitar situaciones en las que nunca nos gustaría vernos involucrados.


Además, también somos conscientes como adultos que somos y como niños y adolescentes que fuimos de que el concepto de amistad requiere de un afecto y un aprecio mutuos, de un acuerdo en común entre ambas partes y de una preocupación por ayudar desinteresadamente al otro. Sin embargo, cuando las amistades de nuestros hijos comienzan desde muy temprano y a raíz de ellas, nosotros, los padres, observamos que su comportamiento ha cambiado bruscamente, es cuando comienzan los problemas. Y es que a pesar de que es normal que se produzcan algunos que otros cambios como los que veíamos arriba, todos conocemos a nuestros hijos y podemos detectar si realmente es su personalidad, aunque con algún cambio “normal” de dicha etapa, o si por el contrario forma más bien parte de otro tipo de personalidad que nada tiene en común con la de nuestros hijos.


No obstante, y para evitar tener que frenar estas situaciones, lo más recomendable es conocer antes tanto a sus nuevas amistades como a sus padres y madres ya que esto puede aportarnos seguridad y tranquilidad a la hora de saber con quién están nuestros hijos y a dónde van. Lo que sucede es que, en muchas ocasiones, se nos olvida centrarnos en ellos todo lo que deberíamos, por unos u otros factores, y son muchas las veces en las que ya es demasiado tarde.


Por eso, cuando nos damos cuenta de que no hemos sabido comunicarnos adecuadamente con nuestros hijos, no hemos demostrado interés en lo que les gustaba o les gustaría hacer en el futuro y no nos hemos preocupado ni tan siquiera en conocer al entorno que empieza a rodearles, es muy probable que sí que tengamos que vernos involucrados en todas estas situaciones difíciles en las que las amistades de nuestros hijos son un verdadero problema.


Entonces, ¿cuándo el concepto de amistad se puede invertir?


Las amistades tóxicas durante la juventud es algo que está a la orden del día. Normalmente lo que sucede es que se generan relaciones de extremada dependencia, ya que muchos chavales jóvenes se ven inmersos en determinadas situaciones que, por supuesto, no son las más adecuadas, y ello, sin duda, puede ser el día de mañana de nuestros hijos.


El verdadero problema viene cuando ni ellos mismos saben salir por miedo a romper con lo que en su entorno actual lo domina todo. Por tanto, para los padres es todavía más difícil romper con esta realidad.


Algunas de las soluciones por las que comúnmente se optaba eran los cambios de colegio o incluso de domicilio, pero ahora la cosa se ha complicado mucho pues Internet no tiene límites, ya que de hecho el constante contacto con él ha convertido y convierte a niños y adolescentes en un blanco claro de bullying, ciberacoso y abusos. Entonces ya solo queda la comunicación sincera con nuestros hijos para hacerles ver todos los riesgos que conllevan muchas de las amistades que van forjando con el tiempo.


Sin duda, esta es una de las quejas más frecuentes por lo que para subsanar este grave problema, aunque no podemos violar la intimidad de nuestros hijos ni entrar en su “nuevo mundo virtual”, sí que debemos favorecer y recuperar el contacto real con ellos y ofrecerles un espacio natural, sano y acogedor que nos permita saber con quién se mueven tanto dentro como fuera de Internet.


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Fecha de actualización: 26-04-2018

Redacción: Irene García

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