Cómo castigar a tus hijos cuando ya no son unos niños

Cómo castigar a tus hijos cuando ya no son unos niños
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Establecer límites y lograr que tus hijos los cumplan es fundamental a la hora de educarle, y las edades comprendidas entre los 6 y los 12 años son cruciales ya que si no consigues que te obedezca en estos años, difícilmente lo lograrás cuando llegue la adolescencia. Sé firme y coherente, verás que no es una tarea imposible, solo requiere tiempo y paciencia.

 

El mal comportamiento generalizado de los niños en los últimos tiempos ha hecho que toda la sociedad (padres, profesores, gobiernos) se plantee si la educación que damos a nuestros hijos es o no la adecuada. Para algunos, los castigos son ineficaces, ya que muchos niños tienen una inclinación tal que no se puede hacer nada para evitar su comportamiento. Así que la decisión no es fácil: ¿Educar a un niño implica castigarle alguna vez?, ¿son inevitables los castigos?, ¿se puede castigar bien y castigar mal?

 

Todos los padres, antes o después, recuren al castigo como herramienta para modificar o modelar la conducta del niño. Por eso, es imprescindible saber cómo hacerlo. Lo primero es establecer claramente qué es y qué no es un castigo. Los castigos pueden ser de dos tipos:

 

- La aplicación de algo negativo y desagradable para el niño (quedarse encerrado en su habitación, no moverse de la silla donde está sentado).

 

- O la retirada de algo positivo y agradable (no ver su programa favorito de la tele, guardar sus juguetes en algún lugar inaccesible).

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Jugar en familia

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Jugar en familia ayuda a construir una relación familiar sólida y duradera. El juego entre padres e hijos, entre hermanos, entre abuelos y nietos ayuda a fortalecer la complicidad entre los miembros de la familia, abre vías de comunicación, permite exteriorizar las expresiones de afecto, deja aflorar las emociones de una forma natural y espontánea. Aprende a jugar con tus hijos: estar con los niños y niñas mientras juegan es importante, pero no es suficiente.

 

Pero en ningún caso deberán ser una oportunidad para humillar al niño, o para demostrar y hacer valer la autoridad de los padres por encima de todo.

 

Para que un castigo sea efectivo, hay que seguir una serie de pautas:

 

1. Debemos tener objetividad. Es frecuente oír de nosotros mismos y de otros padres expresiones como "Pórtate bien", "Sé bueno", o "No hagas eso" Las expresiones significan diferentes cosas para cada persona. Nuestros hijos nos entenderán mejor si explicamos nuestras normas de una forma más concreta. Un límite bien especificado dice a un niño exactamente lo que debe hacer. "No pegues a tu hermano"; "Da de comer al perro ahora"; "Haz los deberes nada más llegar a casa".

 

2. Ofrecer opciones. En muchos casos podemos dar a nuestros hijos una oportunidad limitada de decidir cómo cumplir sus "órdenes". La libertad de oportunidad hace que un niño sienta una sensación de poder y control, reduciendo las resistencias. Por ejemplo: "Es la hora de los deberes, ¿empiezas por matemáticas o lengua?". Esta es una forma más fácil y rápida de decir a un niño exactamente lo que hacer.

 

3. Ser firmes. En cuestiones realmente importantes, cuando existe una resistencia a la obediencia, se debe aplicar el límite con firmeza. Un límite firme dice a un niño que él debe parar con dicho comportamiento y obedecer a tus deseos inmediatamente. Los límites firmes son mejor aplicados con una voz segura, sin gritos, y una seria mirada en el rostro. Los límites más suaves suponen que el niño tiene la opción de obedecer o no.

 

4. Mantenerse al margen. Cuando decimos "quiero que te vayas a la cama ahora mismo", estamos creando una lucha de poder personal con nuestros hijos. Una buena estrategia es hacer constar la regla de una forma impersonal. Por ejemplo: "Son las 10, hora de acostarse" y le enseñas el reloj. En este caso, algunos conflictos y sentimientos estarán entre el niño y el reloj.

 

5. Explicar el porqué. Cuando una persona entiende el motivo de una regla como una forma de prevenir situaciones peligrosas para sí mismo y para otros, se sentirá más animado a obedecerla. De este modo, lo mejor cuando se aplica un límite es explicar al niño por qué tiene que obedecer. Esto les ayuda a desarrollar su conciencia.

 

6. Ser consistente. Una rutina flexible (acostarse a las 8 una noche, a las 8 y media al día siguiente y a las 9 después) invita a una resistencia y se torna imposible de cumplir. Rutinas y reglas importantes en la familia deberían ser efectivas día tras día, aunque estés cansado o indispuesto. Si das a tu hijo la oportunidad de dar la vuelta a tus reglas, te tendrá pillado.

 

7. Desaprobar la conducta, no al niño. Es necesario que dejemos claro a nuestros hijos que nuestra desaprobación está relacionada con su comportamiento y no directamente con ellos. No les estamos rechazando. Lejos de decir "Niño malo" (desaprobación del niño), deberíamos decir "No insultes" (desaprobación de la conducta).

 

8. Controlar las emociones. Los investigadores señalan que cuando los padres están muy enojados castigan más seriamente y son más propensos a ser verbalmente y/o físicamente abusivos con sus niños. Hay veces en que necesitamos contar hasta diez antes de reaccionar.

 

9. Usar el castigo combinado con técnicas positivas. Cuando escojas un castigo, asegúrate de proporcionar también disciplina positiva. En sí mismo, el castigo no enseña al niño a portarse bien. Para animarle a actuar de la forma deseada, se deben definir, enseñar y recompensar las conductas positivas que se quieren establecer. Si se castiga a un niño por correr de un lado a otro de la calle, hay que enseñarle también a pararse, mirar y escuchar antes de cruzar.

 

10. Estar de acuerdo. Debe existir consenso entre los padres en los criterios y límites disciplinarios a aplicar en casa, sobre todo en cuanto a los castigos. Cuando sea posible, las decisiones se tomarán y se llevarán a efecto conjuntamente, evitando la adopción de roles opuestos, como por ejemplo que uno castigue y el otro perdone.

 

Un truco para cada edad

 

- De 6 a 8 años: La "pausa obligada" y enunciar las consecuencias de la mala conducta son técnicas disciplinarias eficaces para este grupo de edad. De nuevo, la consistencia y la coherencia son cruciales. Cumple tu palabra a la hora de impartir disciplina o, si no, perderás autoridad. Tu hijo debe saber que siempre haces lo que dices. Esto no significa que no puedas concederle una segunda oportunidad o perdonarle.

 

Nunca le amenaces con castigos imposibles o poco realistas cuando estés muy enfadado puesto que, si él sabe que no vas a poder cumplir, tu palabra perderá su valor.

 

También debes evitar castigos desmesurados. Si, por ejemplo, castigas a tu hijo con no salir de casa todas las tardes durante un mes entero, lo más probable es que el niño no se sienta motivado a portarse mejor porque creerá que ya está todo perdido.

 

- De 9 a 12 años: A medida que van madurando y reclaman más independencia y responsabilidad, enseñarles a asumir las consecuencias de su comportamiento constituye un método disciplinario eficaz y apropiado. Por ejemplo, si tu hijo de once años se va a dormir sin haber hecho los deberes, ¿deberías prohibirle acostarse hasta que los acabe o ayudarle a acabarlos? Probablemente no, ya que estarías desperdiciando una valiosa oportunidad para enseñarle algo sobre la vida. Si no acaba los deberes, tendrá que ir a la escuela al día siguiente sin haberlos hecho y cargar con las consecuencias de una mala nota.

 

Es natural que quieras evitar que tu hijo se equivoque, pero, a largo plazo, le harás un favor si dejas que cometa sus propios errores de vez en cuando. Así, comprobará lo que conlleva un comportamiento inapropiado y probablemente no volverá a cometer los mismos errores. No obstante, si no parece aprender de las consecuencias naturales, establece tus propias consecuencias para ayudarle a modificar su comportamiento.


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Fecha de actualización: 23-10-2017

Redacción: Irene García

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