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Padres resilientes, hijos resilientes

Padres resilientes, hijos resilientes

La resiliencia, es decir, la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas, es una habilidad cada vez más deseada y admirada, por lo que la mayoría de los padres quieren que sus hijos sean resilientes. El problema es que es habilidad no es tan fácil ni de transmitir, ni si quiera de llevar a cabo uno mismo. Y todos los expertos afirman lo mismo: si quieres que tu hijo sea resiliente, primero debes serlo tú.

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Como padres, queremos que nuestros hijos sean emocionalmente resilientes, capaces de manejar los altibajos de la vida. Pero la capacidad de los padres para fomentar la resiliencia en nuestros hijos depende en gran medida de nuestra propia capacidad de recuperación emocional. Los niños aprenden del modelo más cercano que tienen, es decir, de sus padres. Por eso, si un padre es seguro y fuerte mentalmente, es más posible que su hijo también lo sea. Y viceversa.


Sin embargo, para muchos padres, tomar con calma los berrinches de sus hijos o sus retos es todo un desafío, especialmente si tienen expectativas poco realistas sobre lo que realmente significa la infancia. Las lágrimas, la ira o las pataletas son parte normal del desarrollo de cualquier niño, pero no todos los padres son capaces de enfrentar ese desorden y pueden ver los arrebatos de sus hijos como un problema que necesita ser resuelto urgentemente.


Cuando eso sucede, ridiculizamos a los niños, les decimos que es su propia culpa o los aislamos enviándolos a sus habitaciones. El mensaje que mandamos en todos estos casos es el mismo: que la ira, la tristeza o la frustración son inaceptables. Eso es lo opuesto a la resiliencia; es una rigidez frágil que deja al padre y al niño temerosos de que las emociones puedan hacerlos trizas, por lo que no aprenden a controlarlas y gestionarlas.

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En contraste con esta fragilidad, los padres que no se apartan del poder de las emociones tienen una mayor capacidad para absorber las interacciones desafiantes con sus hijos.


Si tú eres de los primeros, no te preocupes, hay muchas cosas que puedes hacer para mejorar tu resiliencia y, de esta forma, poder transmitirles esta misma habilidad a tus hijos:


1- Tómate un respiro


Para responder cuidadosamente a los estallidos de tus hijos, primero hay que silenciar las campanas de alarma que suenan dentro de nuestra cabeza. Presiona el botón de pausa mental antes de hacer o decir cualquier cosa. Puedes contar hasta 10 o irte un momento a otra habitación hasta que notes que estás tranquilo. Algunas investigaciones muestran que padres e hijos a menudo sincronizan sus ritmos cardíacos, respiración y otras funciones fisiológicas, por lo que tranquilizarnos puede tener un efecto físico medible en nuestro hijo, sin mencionar nuestra propia capacidad para enfrentarnos a esa situación tranquilamente.


2- Deja que las emociones fluyan


La resiliencia depende de la comprensión de que las emociones, incluso aquellas consideradas "negativas", como la tristeza, la aflicción o la ira. Lo primero para lograr ser resilientes es entender que estas emociones no son un problema que deba resolverse, sino una consecuencia natural de ser humano. Además, ninguna emoción dura eternamente, todas tienen un comienzo, un medio y un final. Así que permitirnos a nosotros mismos y a nuestros hijos experimentar y expresar una gama completa de emociones es vital para nuestro bienestar. Cuando no expresamos nuestras emociones, perdemos el control de ellas, y no al revés.


3- Asume tu parte de culpa


Muy a menudo, como padres, preguntamos a nuestros hijos por qué han hecho algo no deseado ("¿Por qué no puedes recordar dejar tu abrigo en su sitio?"). Pero puede ser más útil, en lugar de hacer esa pregunta, peguntarnos a nosotros mismos por qué le estamos preguntando eso, averiguar lo que le está sucediendo y comenzar a responsabilizarnos por ello.


4- Establece límites con compasión


Establecer y mantener los límites y las reglas puede llevar a algunos de los momentos más desagradables en la relación padre-hijo, pero acercarnos a esos momentos con compasión y amabilidad ayuda a mantener la presión arterial baja. Reconocer verbalmente los sentimientos de nuestro hijo y consolarlo no tiene que significar ceder a sus demandas. Puedes decirle perfectamente que “no” mientras le das un abrazo.


5- Examina tus síes y noes


Presta atención a los momentos en los que es más probable que cedas ante el arrebato de tu hijo. Si eres capaz de saber qué situaciones te llevan a darle un “sí” automático, podrás evitarlo. Vivimos en la cultura del sí ya que es más fácil ceder que enfrentarse al niño, sobre todo cuando estamos cansados. Pero muchas veces, un “no” puede ser mucho mejor para él.


6- Pon algo de distancia


Cuando nos identificamos estrechamente con nuestros hijos, o confiamos en ellos como un barómetro de nuestra propia valía, nos preparamos para la desilusión (o algo peor) cuando las cosas no salen exactamente como planeamos. Nuestros egos están muy atados a nuestra crianza, lo que implica que, si pasa algo malo con los niños, asimismo que es culpa nuestra porque hemos hecho algo mal. Vivir nuestra propia vida y dejar que ellos vivan la suya nos ayudará a ser más resilientes.


Fecha de actualización: 11-05-2018

Redacción: Irene García

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