¿Por qué gritar a un bebé o a un niño es malo?

¿Por qué gritar a un bebé o a un niño es malo?
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Gritar a nuestros hijos es una mala manera de educarlos ya que, con gritos, lo único que se consigue son más gritos. Además, los gritos provocan baja autoestima en el niño, inseguridad, malas relaciones familiares y violencia en el ámbito doméstico.

Educar a los niños no siempre es fácil. Los niños suelen ser desobedientes ya que están afianzando su personalidad y una manera de hacerlo es retar a sus padres para ver hasta dónde pueden llegar. Además, sus intereses son diferentes a los nuestros y no entiendan que haya que hacer las cosas rápido o al momento. Esto puede hacer que muchas veces nos saquen de nuestras casillas al no hacernos caso o hacer algo mal como pegar, morder, etc.


Sin embargo, por mucho que nos enfaden o nos hagan perder la paciencia, nunca jamás se debe recurrir a los gritos ya que no solo no lograremos educarlos, sino que les estaremos causando un mal que puede ser irremediable si lo convertimos en una actitud frecuente.


Esto no significa que no haya que reñir a nuestros hijos cuando su comportamiento no sea el adecuado, sino que hay que hacerlo constructivamente, sin gritos. Si acompañamos la riña de gritos y malos modos estamos faltando al respeto a nuestros hijos, además de causándole ciertos perjuicios:


1- Los gritos dañan la autoestima y la autoconfianza.

Pedagogía Montessori, bases y consejos para niños de 0 a 1 año

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Este tipo de educación se basa en las teorías de María Montessori, una educadora italiana de principios del siglo XX. Su principal objetivo es liberar todo el potencial de cada niño, adaptando el entorno de aprendizaje a su nivel de desarrollo y teniendo en cuenta la plasticidad de la mente de un niño en sus primeros años de vida.


2- Son una forma de violencia psicológica.


3- Educarse en medio de gritos puede provocar problemas de comportamiento en el niño como violencia hacia otros compañeros, dificultades en el rendimiento escolar, mentiras a los padres o síntomas de tristeza repentina y depresión.


4- Los gritos hacen que los niños sean más inseguros y retraídos o, por el contrario, más rebeldes y violentos.


5- Los gritos solo son efectivos en un primer momento, pero si son constantes, el niño se acostumbrará y los gritos no tendrán el efecto buscado.


6- Los padres somos ejemplo para los hijos, si les gritamos, adoptarán esa forma de actuar y ellos también se acostumbrarán a gritar y tener conductas agresivas.


7- Los gritos frecuentes pueden causar nervios y estrés al niño, dificultando su desarrollo.


8- Causan problemas de convivencia y una mala comunicación familiar.


9- El tono suave ayuda a que los niños entiendan claramente lo que se les dice, los gritos no ayudan a la comprensión.


10- Los gritos aumentan el enfado, tanto vuestro como del niño. Gritar agrava la agresividad.


Todos estos motivos son una realidad. Así, un estudio elaborado por la Universidad de Michigan, publicado por la revista Child Development, en el que se hizo un seguimiento del comportamiento de casi mil familias compuestas por padre, madre e hijos de entre l3 y 14 años, reveló que el 45% de las madres y el 42% de los padres admitieron haber gritado alguna vez a sus hijos. Los investigadores comprobaron los efectos de esa violencia verbal sobre los niños y encontraron que habían desarrollado diversos problemas de conducta en el año sucesivo comparado con los niños que no habían recibido gritos.


¿Cómo evitar los gritos?


Aunque a veces cueste, debes proponértelo muy en serio y no gritar nunca a tu hijo, por mucho que te saque de quicio. Regáñale siempre en un tono calmado y hablando claro para que pueda entenderte.


Si te ha puesto muy nervioso, respira hondo, cuenta hasta 10 y espera a calmarte antes de decir nada. Debes tener autocontrol para evitar levantarle la voz.


Aprende a descargar tu frustración de otra forma que no sea a través de gritos (practicar deporte con regularidad ayuda).


Es importante que te dirijas siempre a tu hijo con respeto y empatía. Ponte en su lugar e intenta averiguar por qué ha actuado así y qué le pasa por la cabeza. Muchas veces, la desobediencia se debe a un problema de entendimiento.


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