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El porteo

El porteo

El hombre es un animal que nace sin haberse desarrollado completamente en el útero. Llega al mundo indefenso, inmaduro física y mentalmente y totalmente dependiente de su madre. Y es que los bebés humanos necesitan algunos años para ser autónomos del todo. Tardarán varios meses en aprender a andar sin ayuda pero algún tiempo más en saber sobrevivir sin su mamá.

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Indice

 

¿Qué es el porteo?

Mientras los niños no caminan es obvio que requieren de un adulto para trasladarse. Los primates, los seres vivos más semejantes al ser humano, cargan con sus crías sobre su cuerpo durante sus primeros meses, donde estas permanecen sujetas las 24 horas del día, lo que les permite estar siempre protegidos por su madre, amamantar con facilidad y dormir calientes. Los bebés humanos, en cambio, no tienen esa capacidad de sujetarse a su madre, pero sí las mismas necesidades que un bebé monito, por eso, ya desde los inicios de la humanidad, el hombre, o más bien la mujer, tuvo que ingeniárselas para sostener a su bebé mientras se movía con libertad. Nacía así el porteo.

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El porteo es una forma de trasladar al bebé, cargándolo sobre nuestro cuerpo, pero es algo más que un simple medio de transporte infantil. El porteo abarca una forma de crianza, es una manera de entender el cuidado infantil volviendo a retomar nuestras raíces y aprovechando sus ventajas. Y es que los adeptos a esta práctica hablan de múltiples beneficios tanto para los padres como para el bebé.

 

Beneficios del porteo

El porteo le produce al pequeño una gran sensación de bienestar ya que supone una continuación del entorno uterino. Reproduce las condiciones (salvando las distancias) de la vida en el útero, el balanceo, el abrigo, el murmullo…, con lo que el bebé sigue desarrollándose sin añorar las sensaciones del vientre materno.

Ayuda a regular su temperatura corporal al estar en continuo contacto con el cuerpo de su madre o de su padre.

La postura vertical contribuye a una mejor digestión, evita las regurgitaciones, el reflujo y los vómitos y alivia los gases.

Los niños porteados lloran menos al sentirse seguros y protegidos con su madre cerca. El vaivén que produce quien lo transporta al andar les mece y les ayuda a dormirse.

Contribuye a que estén tranquilos, les reconforta y alivia los cólicos. De hecho se ha demostrado que en las culturas donde esta forma de llevar a los niños es lo común, los episodios de cólicos y llanto continuado son prácticamente desconocidos. Es más, se puede llegar a afirmar que los cólicos solo se conocen en lugares donde la práctica de dormirles tumbados separados de sus padres es lo habitual.

El porteo favorece el desarrollo de los sentidos del bebé y su sociabilización, ya que desde esta posición (en alto y no oculto en el carrito) puede percibir lo que ocurre a su alrededor, participando de ello.

Facilita la lactancia materna discreta.

Para la madre es una opción perfecta para transportar al bebé de manera sencilla y rápida, olvidando cualquier barrera u obstáculo arquitectónico. Además el fular o el portabebés se pueden guardar fácilmente, ocupando mucho menos espacio que una sillita, por ejemplo.

El contacto con el bebé favorece el vínculo madre-hijo. Provoca que la mamá segregue oxitocina, lo que beneficia la subida de la leche y evita la depresión posparto.

El porteo es una manera fantástica de sujetar al bebé (para calmarle, desplazarse, etc.) mientras quedan las manos libres para hacer cualquier otra cosa.

 

El porteo seguro

Existen varias formas de llevar a un bebé con nosotros. Desde los portabebés ergonómicos más sofisticados con reproductor de música incorporado, hasta sencillos fulares de tela atados con un nudo. Escoger uno u otro dependerá de los gustos o necesidades de cada uno, pero lo importante es que el bebé esté seguro con cualquiera que sea el modelo elegido. Para evitar riesgos porteando a nuestro hijo lo principal es seguir al pie de la letra las instrucciones del fabricante. Cada uno tiene una forma de colocarse en el cuerpo del adulto y de colocar al bebé en él.

Ante todo la postura adoptada debe respetar la morfología natural del bebé y la comodidad del porteador.

La adecuada para el niño es la que se conoce como postura ranita o en forma de M, es decir, de frente a mamá, con las piernas ligeramente abiertas rodeando su cuerpo y las rodillas flexionadas más elevadas que las caderas. Contrariamente a lo que pudiera parecer en un principio, esta postura no es forzada, sino que es la idónea para la correcta formación de sus huesos en desarrollo. Durante los primeros meses la columna del bebé mantiene la postura en C que adoptaba en el vientre materno para caber dentro. A diferencia de la columna de los adultos, que forma una S, la de los recién nacidos tiene una curvatura convexa continua, que a medida que va creciendo y erigiéndose (sujetando la cabeza, poniéndose de pie, etc.) irá desarrollándose y cambiando su curvatura.

El porteo, siempre que se haga de forma apropiada, permite la evolución natural de la columna y las caderas del niño. La anatomía de los recién nacidos y la flexión que adoptan instintivamente sus piernas al cogerles parecen sugerir que los bebés son crías de mamíferos diseñados para ser llevados en brazos, por lo que esta sería la forma natural de transportarlos, y no tumbados sobre su espalda recta.

La cabeza, mientras el niño no sea capaz de sostenerla por sí mismo, irá apoyada sobre el pecho de quien le portee, sujeta, pero sin presionar, por la tela del fular, para evitar que se descoloque con el movimiento al andar o al mover los brazos. La cara debe estar ladeada, de manera que las vías respiratorias queden libres. Hay que asegurarse de que nariz y boca no estén tapadas por el cuerpo de la madre o la tela del portabebés. Asimismo la cabeza nunca debe estar cubierta totalmente.

Tanto el fular como la mochila portabebés deben ser lo suficientemente firmes (tenso pero sin llegar a presionar al bebé) para sostener al recién nacido de manera segura y favoreciendo esta postura: de frente a su madre, con la espalda redondeada en C, las piernas abiertas en ángulo de 90º, las rodillas flexionadas a la altura de su ombligo, la cabeza sostenida y las vías respiratorias libres.
 

Un poco de historia

Este ha sido el método utilizado por todas las madres (y padres) de todas las civilizaciones a lo largo de la historia para transportar a sus bebés. Cuando las condiciones higiénicas dejaban mucho que desear y las fieras acechaban, la única manera de llevar a los niños seguros era poniéndolos encima de su madre o de su padre. Así se mantenían alejados del suelo, donde amenazaban depredadores, infecciones, plantas venenosas, fenómenos climatológicos adversos (nieve, lluvia, hielo, barro…) y otros riesgos para la salud.

Esta forma de portar a su prole hacía además la vida más fácil a las madres, ya que les permitía utilizar sus manos para realizar cualquier tarea mientras sujetaban al bebé, pudiendo compatibilizar el cuidado de sus hijos con el trabajo en el campo o la casa.

Y así sucedió hasta el s.XIX cuando la reina Victoria de Inglaterra popularizó un artilugio inventado años atrás por William Kent. Aunque en un principio fue ideado como juguete para niños, su uso como medio de transporte para bebés se extendió rápidamente, coincidiendo además, con la cada vez mayor incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar, especialmente en fábricas, lo que les impedía trabajar acompañadas de sus pequeños.

La práctica del porteo empezó a caer en desuso, especialmente en Occidente, y pronto fue asociada a las clases más bajas, lo que favoreció su desaparición y la normalización de la costumbre de llevar a los bebés en una sillita o capazo.

Si bien, alrededor de los años 80 del s. XX, surgieron varias corrientes de crianza que, influidas por las teorías del apego nacidas pocos años atrás, retomaron prácticas tan sanas, naturales y beneficiosas como la de portear a los bebés. Costumbre que ha llegado a nuestros días, y que cuenta con cada vez mayor número de seguidores.


Fecha de actualización: 14-06-2020

Redacción: Irene García

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