Si fuera mi hijo… la importancia de no juzgar

Si fuera mi hijo… la importancia de no juzgar
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Seguro que más de una vez te has sorprendido a ti misma por la calle diciendo, u oyendo a un amigo decir: “Si fuera mi hijo, no permitiría que estuviera dando esos gritos”, o “montando esa rabieta”, o alguna frase similar. Y ahora, años después, te ves a ti mismo en medio del centro comercial aguantando la pataleta de tu hijo sin saber muy bien cómo pararle, mientras notas cómo todo el mundo te mira y te juzga.

Y es que educar a un niño no es tan sencillo (ni tan complicado). Simplemente, hay que tener mucha paciencia y saber cómo actuar en cada situación, dependiendo de la edad del niño, de su carácter, de su madurez, etc. Porque lo que vale para un niño al educarle, no vale para otro. Y lo que es bueno para una familia, no le funciona a otra.

 

Por eso, los consejos en materia de educación, siempre que sean de buena fe y solicitados, son bienvenidos y te pueden dar una idea de cómo conseguir que tu hijo te obedezca, pero no siempre te serán útiles.

 

No hablemos por lo tanto de las críticas, ni siquiera las bienintencionadas. Criticar es muy sencillo, y gratis. A todos nos encanta hablar mal de los demás y comentar con otros que mal están actuando en tal o cual caso. Sin embargo, cuando nos critican a nosotros no nos gusta; menos aún si son críticas dirigidas a nuestra manera de educar a nuestros hijos.

 

Por eso, es importante aprender esta sabia lección: no juzgues nunca a los demás sin saber sus motivos para hacer algo; menos aún en materia de educación.

¿Piojos en la cabeza de tu hijo?

¿Piojos en la cabeza de tu hijo?

Molestos, negros y, aunque no miden más de 4 milímetros, todo el mundo ha oído hablar de ellos o ha sufrido su presencia en alguna ocasión. Cuando los niños comienzan el colegio, es extraño el curso en el que no se da la voz de alarma por la presencia de piojos o “pipis”, un método de prevención para que las madres puedan evitar la infestación por parte de estos inquilinos tan indeseables

 

No mires a los demás padres por encima del hombro pensando que tu educación es mucho mejor y tus hijos los más obedientes del planeta. Seguro que más de una vez has tenido que pasar por una situación parecida a ese padre. Muestra empatía, sonríele con afecto, haciéndole ver que a todos nos pasa, y sigue tu camino. Puede que la próxima vez seas tú el que estés en ese centro comercial aguantando la pataleta, y agradecerás que la gente no te juzgue y te mire con amabilidad.

 

Y, a ser posible, destierra de tu vocabulario esa odiosa frase: “Si fuera mi hijo…”. No lo es, es el suyo, y hace todo lo posible. Igual que tú. Igual que todos.

 

Foto: Designed by Jcomp - Freepik.com


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