Salud emocional en los niños

Salud emocional en los niños
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Por salud entendemos aquel estado idóneo que permite al ser humano desplegar todas sus capacidades, talentos, desarrollarse en plenitud, hacer frente a todas sus oportunidades y posibilidades. Por tanto, si bien solemos hablar de salud física, no puede olvidarse que la salud emocional va de la mano de la primera o bien son dos caras de la misma moneda.

Una persona, por ejemplo, que sufre una depresión, tiene una baja autoestima, se siente no capaz, no sabe gestionar su agresividad, tiene pocas habilidades comunicativas y sociales… sin duda verá mermadas sus posibilidades en su día a día y, difícilmente, podrá desplegar todas sus capacidades y talentos. Por tanto, hablando de los niños, tan importante es cuidar su salud física, su alimentación por ejemplo, como cuidar que sus necesidades emocionales de cariño, aceptación, reconocimiento, amor, confianza, respaldo, empatía… queden cubiertas para que en ese contexto desarrolle todo su potencial.

 

¿Cómo saber si mi hijo está sano emocionalmente hablando?

 

Un niño es emocionalmente competente y, por tanto, gozará de una buena salud emocional cuando principalmente sus necesidades de pertenencia, aceptación y amor quedan cubiertas. Se siente valorado, comprendido, visto, reconocido, se gusta, siente ganas de aprender, está motivado, se relaciona con facilidad, no tiene miedo a hacer cosas nuevas…. Puede reconocer sus propias emociones, las legitima, se permite sentirlas y así aprende a gestionarlas y reconducirlas. Del mismo modo, reconoce las emociones de los demás, las legitima y sabe acompañarlas. Tiene un nivel de conciencia y autoconocimiento que le ayuda a saber relacionarse con sus semejantes.

 

¿La salud emocional influye en la física?

 

No cabe duda que somos seres emocionales. El hecho de enorgullecernos de ser racionales no debe hacernos caer en el error de vivir de espaldas a las emociones. Las emociones son buenas, nos permiten conocernos, siempre nos aportan información si sabemos escucharlas. Ahora bien, una emoción mal procesada, reprimida, no legitimada puede somatizarse en nuestro cuerpo y provocar enfermedades. Asimismo, hay emociones que una vez escuchadas (¿Qué me está queriendo decir esta rabia que siento? ¿Quizás que no debo permitir esta situación más pues me hace daño? ¿Qué tengo que decir ¡basta¡?) y bien canalizadas no debemos alimentarlas, pues su adicción puede ser muy tóxica y afectar profundamente a nuestra salud física. Contrariamente, si nos sentimos bien, en paz con nosotros mismos, relajados, cuidamos una coherencia interna (es decir, lo que queremos de la vida, decimos de la misma y hacemos con nuestro día a día) … nuestra salud física será mejor sin duda alguna.

 

Y es que la mente puede ser nuestra aliada pero también el peor de nuestros enemigos. Pensamientos negativos, tóxicos, reiterados y automatizados pueden hacernos perder la noción de quienes somos realmente. Podemos confluir de tal forma con la emoción que nos provocan aquellos pensamientos, que cedemos nuestra identidad a favor de, por ejemplo, una depresión, dolores crónicos, desánimo y desesperanza. Una vez instaurada la enfermedad y alimentada por nosotros mismos puede hacernos caer en un círculo vicioso que es difícil de romper.

 

¿Qué podemos hacer los padres para mejorar la salud emocional de nuestros hijos?

 

Podemos hacer mucho, podemos hacer “TODO”.

 

La salud es un concepto global, queremos niños equilibrados, alegres, que se sientan capaces, que aprendan a aceptarse y quererse a sí mismos para que puedan brindar a los demás lo mejor de su esencia. Para conseguir esto los padres, en primer lugar, hemos de ACEPTARLOS tal y como son (cuidado con la tendencia a proyectar nuestras frustraciones, nuestras expectativas, nuestros miedos. No podemos olvidar que son SERES LIBRES, no han venido al mundo para hacerlos a nuestra medida).

 

Después, AMARLOS, amar a tu hijo es darle el espacio para que sea quien es. Esto significa AMAR INCONDICIONALMENTE.

 

Por Último, ACOMPAÑARLOS y POTENCIARLOS. Descubrir sus talentos, aquello que les hace únicos y especiales, y ofrecerles el contexto necesario para que puedan desarrollarlos al máximo. Es decir, alentar, respaldar, fortalecer, reforzar.

 

Y, esto, ¿cómo se hace? Para ponerlo en práctica podemos hacer algo sencillo para empezar. Decirle a tu hijo que LE QUIERES. Hablarle siempre mirándole a los ojos y escucharle más allá de las palabras. ¿Qué me está queriendo decir? ¿Qué emoción hay detrás de sus palabras? ¿De qué es capaz mi hijo? ¿Cuáles son sus valores? Poniendo el foco en lo que hay, en lo que tiene, en lo que funciona y no en lo que falta, en lo que no marcha bien. Subestimamos el poder de reconocer y potenciar lo bueno. ¡Nos gusta demasiado la crítica!

 

¿Cómo influye la salud emocional a la hora de afrontar y tratar las enfermedades?

 

Los expertos dicen que la actitud es fundamental a la hora de afrontar las enfermedades y para su curación. Por eso, se dice que no hay enfermedades sino enfermos. De ahí la importancia de que inyectemos a nuestros hijos las ganas de vivir, de afrontar la vida sabiendo que hay obstáculos (una enfermedad también es un obstáculo) que superarán con esfuerzo y que, precisamente, esa lucha es lo que hace que valga la pena vivir.

 

Fomentemos pues niños luchadores, positivos, capaces, proactivos que no sean víctimas de sus circunstancias y tengamos claro que solo podemos hacerlo predicando con el ejemplo. Necesitamos entonces padres, capaces, positivos, proactivos y luchadores. Gran lección podemos enseñar a nuestros hijos cuando sabemos afrontar con alegría, ánimo y optimismo la enfermedad, las trabas y las dificultades de la vida.

 

Redacción: Ángeles Jové (equipo AEIOU coaching para padres). Lucía Galán (pediatra, autora de Lucía, mi pediatra).


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