Por qué las rabietas no son tan negativas como podemos creer

Por qué las rabietas no son tan negativas como podemos creer
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Los niños no saben cómo gestionar lo que sienten y esto deriva en que, de vez en cuando, muestren esas explosiones emocionales que llamamos rabietas. Aunque no son agradables, forman parte del desarrollo emocional de los niños y su aprendizaje de lidiar con la amplia variedad de emociones que tienen y con el a veces incomprensible mundo que les rodea.

 

Las rabietas son comunes en los primeros años de los niños y van minimizándose a medida que crecen. Tu hija decide tirarse al suelo en medio de la calle porque no la quieres llevar en brazos; no quiere darte la mano para cruzar el paso de peatones; empieza a gritar porque no le dejas llevar un carrito de la compra que pesa más que él...Las rabietas de los niños tienen causas aparentes insospechadas, pero es importante saber que tienen más importancia para el desarrollo emocional de los niños de lo que a veces pensamos.

 

¿Por qué conmigo?

 

A menudo, estos estallidos se producen con los padres o con personas de confianza. ¿Por qué? En la mayoría de casos, esto se debe a que es contigo con quien se siente a salvo para dejar salir esas emociones, frustración o estrés que ha acumulado por no saber gestionarlo. Si lo pones en perspectiva, por tanto, es mejor que tu hijo tenga rabietas a que no las tenga por estar reprimiendo sus emociones.

 

Seguro que a ti también te ha pasado, se va juntando el estrés unos días y de repente te ves alzando la voz cuando hablas con tu pareja sin que tenga apenas culpa de lo que estás sintiendo. Las personas somos así de injustas, dejamos salir nuestras emociones (las buenas, pero también las malas) con aquellas personas con las que nos sentimos cómodas para ello.

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Aceptar las rabietas y trabajar con ellas

 

Es normal que los niños se sientan sobrepasados por sus propios sentimientos y por hechos que, para nosotros, son insignificantes. No se trata de que vivan realidades más estresantes que la nuestra, sino de que no saben entender ni gestionar lo que sienten. Así, simplemente el hecho de que un amigo suyo no se haya querido poner en parejas con él en clase de gimnasia, sino con otro compañero; o que su hermana no quiera jugar con él en ese momento se convierte en una tragedia sin precedentes que puede traducirse en una rabieta cuando tú le dices que se siente bien en la mesa de la cocina.

 

Por eso, es importante aceptar las rabietas, no cambiar nuestros límites por ellas o ser más permisivos para evitarlas. “No, no te voy a comprar helado, pero sé que estás enfadado”. Y, a partir de ahí, intentar hablar con tu hijo sobre la raíz del problema. “¿Qué te pasa? ¿Qué te ha molestado? Me interesa”. Intenta que hable de ello, así podrás aprovechar para enseñarle paso a paso a gestionar sus emociones y a actuar en situaciones futuras de ese tipo (siguiendo el ejemplo, explícale que los amigos no son exclusivos y que, igual que a él a veces le apetece jugar con uno y luego con otro, a su amigo le pasa igual; o pregúntale qué puede hacer la próxima vez que su hermana no quiera jugar con él).

 

Llorar, una expresión beneficiosa

 

Muchos expertos señalan la confusión que rodea el llanto. Es común que a muchos padres les cueste entender las rabietas y lágrimas de sus hijos, intenten calmarlas inmediatamente, o las perciban como algo negativo. Sean lágrimas reales o “de cocodrilo”, no debes intentar coartar su llanto, sino que lo mejor es dejar que fluya y hacerle ver que estás ahí para hablar cuando lo crea necesario.

 

Intenta, por ejemplo, poner en palabras los sentimientos que intuyes que tiene, “Entiendo que estás aburrida”. A veces basta con mostrar algo de empatía por tu parte y de que sepa que es entendido para que se calme esa explosión de sentimientos que tu hijo no sabe gestionar.

 

¿Y se reacciona de forma agresiva?

 

Algunos niños dirigen sus rabietas con patadas, mordiscos o puñetazos. En estos casos, es importante parar el comportamiento con palabras o, si estas no funcionan, con una restricción leve (agarrándole firme pero sin ser brusco las muñecas, por ejemplo) o, mejor aún, con el método del abrazo. Un abrazo largo permitirá restringir los movimientos y calmarle al tiempo que le das un apoyo emocional. A menudo los comportamientos violentos vienen cuando las lágrimas están cerca pero no se sienten cómodos o seguros dejándolas salir, de ahí la importancia de dejar que tu hijo llore. 

 


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Fecha de actualización: 20-09-2016

Redacción: Irene García

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