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La importancia de los buenos hábitos en la educación

La importancia de los buenos hábitos en la educación

Ser padres implica llevar a cabo una de las tareas más bonitas y, a la vez, más responsables que debemos desempeñar como seres humanos: educar a nuestros hijos. Si tenemos en cuenta la definición de Aristóteles que dice que educar es ayudar a los hijos a crecer en virtudes, queda claro que es mucho más que darles de comer, enseñarles a andar o jugar con ellos.

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Partiendo de la base de que la virtud es un hábito operativo bueno, tenemos que lograr desarrollar en nuestros hijos hábitos para hacerles virtuosos. Los hábitos se adquieren desde que son pequeños por medio de lo que los educadores denominamos rutinas.

Aprender desde la cuna

Desde que son bebés podemos acostumbrarles a hacer diariamente ciertas cosas que, con la repetición y con el propio uso, llegarán a realizar de manera automática y que se convertirán en un hábito para ellos. Si acostumbramos a un bebé a dormir todos los días a una hora determinada, después del baño y del biberón, esa conducta se convertirá en un hábito y, además, no le supondrá ningún esfuerzo llevarlo a cabo. Con ello, no sólo logramos que el niño aprenda a dormir todos los días a la misma hora. Este hábito va a ir dejando una huella en su cerebro que le va a ayudar a adquirir otros que le puedan resultar más complejos como dejar sus cosas ordenadas, ser respetuoso con las personas mayores o tener unos buenos hábitos de estudio.

Esto significa que los hábitos se pueden adquirir en cualquier momento de la vida, simplemente es necesario querer adquirirlos y poner los medios para ello. Por eso estamos hablando de que son un acto de voluntad.

Lo primero es tener claro que quiero lograr ese hábito, estar motivado para ello y, además, contar con los medios necesarios para conseguirlo: el orden, la constancia y el esfuerzo.

Los niños nacen sin ningún hábito, tenemos que enseñarles y ayudarles. Empezamos ayudándoles a adquirir los más básicos en cuanto a alimentación, higiene y sueño y, posteriormente, contribuimos a que logren otros más complicados, motivándoles, exigiéndoles ser constantes y pidiéndoles esfuerzo. Los niños no entienden que detrás de ese esfuerzo puede haber una recompensa. Por lo tanto, nos corresponde a nosotros hacerles ver cuáles son las consecuencias positivas de su esfuerzo y, sobre todo, apoyarles para que no desistan.

No hay olvidar que, en estas edades, una vez más, el mejor modo en el que van a poder adquirir esos hábitos es mediante nuestro ejemplo, sirviéndoles nosotros de modelo. Nuestros hábitos pueden llegar a ser sus hábitos de futuro. Si nacen en un clima familiar de hábitos deportivos o de un gusto o interés por la lectura o la música, será más fácil contagiarles esas iniciativas e inquietudes. Los buenos hábitos que les inculquemos en la infancia serán claves para un buen desarrollo y un éxito personal y profesional.
 


Fecha de actualización: 23-03-2020

Redacción: Irene García

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