¿Pequeños demonios o dulces angelitos?

¿Pequeños demonios o dulces angelitos?
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Muerde a su hermano, se pelea con sus compañeros, pinta las paredes, corre y en un minuto deja la casa patas arriba… Ante esta actitud son muchos los padres que se preguntan si su hijo es realmente malo, y la respuesta es indiscutible: no, tan sólo son niños… 

En torno al segundo y al tercer año de vida, los niños se sienten frustrados al no ver cumplidos sus deseos, a pesar de su recién adquirida independencia, por lo que empiezan a realizar conductas que son consideradas por sus padres como “malas”: morder, arañar, pegar, desobedecer… En esta edad, los pequeños se encuentran dominados por sus impulsos, a los que no se pueden resistir, haciendo todo aquello que desean, pero… ¿son realmente malos? En los niños no existe maldad alguna, son traviesos, y hacen lo que les apetece en cada momento; sin embargo, la educación influye en su comportamiento, por lo que es necesario enseñarles que no siempre se puede obtener aquello que se quiere.

Cuando el niño es pequeño desconoce las normas, las pautas de conducta adecuadas y aquello que no debe hacer, por lo que es importante enseñarle. En función del efecto que produzca en el entorno lo que ha hecho, volverá a hacerlo o no, por lo que los padres deberán encontrar el equilibrio entre la permisividad y la autoridad, pero… ¿cómo actuar entonces?

Muchos padres asumen que sus hijos nacen con impulsos y actitudes inaceptables que no desaparecerán; sin embargo, los niños no nacen malos, por lo que educándoles y tomando las medidas oportunas conseguiremos que este comportamiento se quede sólo en una fase normal del desarrollo de los pequeños:

• La actitud de los padres no debe ser lo bastante permisiva para que los niños hagan lo que quieran, pero tampoco demasiado autoritaria, para que acaben sintiéndose desplazados o poco queridos.

• Por mucho que te saque de quicio lo que ha hecho, no desesperes ni grites, ya que si ve que pierdes el control, pensará que ha ganado esa “batalla”.

• El efecto de los castigos es momentáneo, así que evítalos, ya que sólo conseguirás que la mala conducta aumente.

•  Ofrécele una alternativa. Si, por ejemplo, está haciendo ruido mientras hablas por teléfono o molestándote mientras haces las tareas del hogar, invítale a que siga en su cuarto realizando cualquier otra actividad. 

•  Hay que explicarles nuestra postura desde una actitud cariñosa, diciéndoles por qué no deben comportarse así y ofreciéndoles otra forma de conseguir lo que desean.

• No le llames “malo”, para ellos este concepto es diferente al nuestro, considerando así a los personajes malvados de sus películas o dibujos favoritos, que hacen mucho daño. Es mala la actitud o la conducta, no él.

• Morder, pegar, tirar del pelo… no está justificado bajo ningún concepto, y así deberás mostrárselo. Siempre hay otras opciones para conseguir lo que se quiere. Cuando veas que tu hijo tiene una actitud agresiva mientras juega con sus compañeros, apártale del grupo, pero no le riñas ni le castigues, lo que provocará una reflexión en él. Déjale que juegue solo hasta que decida incorporarse con la actitud adecuada.

• Para conseguir acabar con este comportamiento, la clave se encuentra en recompensar sus buenos actos mientras que buscamos alternativas a los malos, ya que las actuaciones que se repetirán serán aquellas en las que observen un beneficio. 
 

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Fuente:

Álava, Silvia (2016), Queremos que crezcan felices, Madrid, Actitud de Comunicación. 

Redacción: Silvia Paredes

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