¡Mi hijo no crece!

¡Mi hijo no crece!
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Una de las mayores preocupaciones de un padre es asegurar el crecimiento y desarrollo adecuado de su hijo. La talla final de una persona depende, fundamentalmente, de su herencia genética, pero ciertos problemas ambientales u hormonales pueden hacer que un niño crezca menos de lo esperado según su edad y condiciones

El desarrollo es un proceso continuado que se pone en marcha con la fecundación y que termina con la edad adulta. Tiene dos facetas, el crecimiento (aumento de peso y talla), y la maduración. Está programado genéticamente: en el óvulo fecundado se encuentran ya configurados todos los mecanismos que llevarán al individuo a una talla adulta determinada y en un tiempo determinado (pubertad adelantada, normal o tardía).

 

Muchas veces los padres se preocupan por la talla de su hijo sin motivo. Y es que hay que tener en cuenta que si en la familia hay una “talla corta constitucional” o “genética” los hijos presentarán valores de altura menores de dos desviaciones estándar por debajo de la media para su edad y sexo, pero no por ello su velocidad de crecimiento es anormal, sino que el niño sigue sus propias curvas. Asimismo, no todos los hermanos tienen que presentar la misma talla ni velocidad de crecimiento, cada uno tiene su propio historial genético; al igual que uno puede tener los ojos azules y otro marrones, uno puede ser más bajo que otro.

 

El pediatra es el que decidirá si tiene problemas de crecimiento o no. La frase “retraso de crecimiento” o la palabra “desmedro”, aunque son conceptos excesivamente restrictivos, describen a los lactantes y niños pequeños que no ganan peso, talla o ambos de forma adecuada. Es decir, describen la discrepancia entre los incrementos del peso y de la talla observados para su edad y sexo. Este hecho es una causa muy frecuente de consulta al pediatra y genera mucha ansiedad familiar.

 

En el proceso de crecimiento están implicados múltiples factores y prácticamente todos los órganos y sistemas, por lo que la valoración del crecimiento del niño constituye un indicador de su estado de salud y bienestar. Además de la herencia genética, depende de una serie de factores: un adecuado aporte de nutrientes, la integridad de todos los sistemas para que estos nutrientes lleguen a las células, el correcto funcionamiento de estas células (regulado por una serie de hormonas) y el entorno psicoafectivo (una privación afectiva prolongada puede afectar al correcto crecimiento por la acción sobre el sistema nervioso del individuo).                                                                                                  

 

Desde los 4 años hasta la pubertad, los niños tienen que crecer unos 5-6 cm/año. No obstante, hay que tener en cuenta que el crecimiento de un niño no es constante y puede variar dependiendo de enfermedades ocasionales que provocan fenómenos de desaceleración seguidos de procesos de recuperación.

 

Para confirmar si un niño sufre problemas de crecimiento o no, el pediatra realizará una serie de valoraciones del peso, talla, perímetro craneal y velocidad de crecimiento, utilizando las tablas y los percentiles adecuados para su edad. Asimismo, se llevarán a cabo una serie de pruebas: análisis de sangre, de orina general y cultivos, de heces y parásitos y una radiografía de muñeca para establecer la edad ósea.

 

¿Cómo solucionarlo?

 

Con todas las pruebas anteriores el pediatra tendrá suficientes datos para determinar si la causa es orgánica, en cuyo caso remitirá al niño al especialista correspondiente, o si por el contrario no es orgánica.

 

Si el problema se halla en su nutrición, habrá que darle un aporte calórico del 50% por encima de sus necesidades básicas y, además, un suplemento vitamínico-mineral.Hay que modificar los malos hábitos alimentarios y mejorar la relación afectiva madre-hijo-comida: evitar líquidos una hora antes de las comidas; no forzarle a comer; no mostrar enfado ni nerviosismo delante del niño; evitar la televisión u otras distracciones durante la comida; no ceder a los chantajes con la comida.

 

Además, un niño debe practicar ejercicios aeróbicos (natación, fútbol, baloncesto, etc.). Por otro lado, el sueño es un regulador energético, por lo que si lo mantiene de forma continua y profunda permitirá redistribuir de forma más efectiva la energía hacia el proceso de crecimiento. Para que un niño crezca bien, debe dormir como mínimo de 8 a 10 horas.

 

Otra cuestión es si el problema del niño se halla en la hormona del crecimiento (HC). Esta hormona se produce en la hipófisis, glándula endocrina ubicada en la parte de la base del cerebro que regula la mayor parte de los procesos hormonales del organismo. El déficit de HC aparece cuando ésta no se produce por la hipófisis o bien cuando, a pesar de producirse correctamente, existen otras alteraciones en el cuerpo que no la deja actuar. Durante la infancia, aunque existen múltiples causas conocidas que lo producen, como algunas enfermedades en las que falta el gen que produce la hormona de crecimiento, en la gran mayoría de casos la causa del déficit de la producción de HC es desconocida.   

 

Cuando el déficit aparece, el niño deja de crecer y su talla y velocidad de crecimiento quedan muy por debajo de la que le corresponde para su edad, género y talla familiar. Además, aumenta la cantidad de grasa corporal y los huesos no se forman correctamente, pudiendo dar lugar al inicio precoz de la osteoporosis.

 

Uno de los avances médicos más importantes que ha tenido la ciencia en las últimas décadas es el de tratamiento de reposición de la hormona del crecimiento. Esta se ha venido utilizando con éxito tanto en niños con déficit de dicha hormona, como en aquellos que no la carecen pero que se encuentran en un percentil muy bajo o por debajo del mínimo en la curva de crecimiento correspondiente a su edad y sexo. El uso de la hormona del crecimiento, con el beneficio de incrementar la estatura, está indicado para niños, adolescentes y también en adultos que presenten déficit de la producción de la mencionada hormona.

Si fuera mi hijo… la importancia de no juzgar

Si fuera mi hijo… la importancia de no juzgar

Seguro que más de una vez te has sorprendido a ti misma por la calle diciendo, u oyendo a un amigo decir: “Si fuera mi hijo, no permitiría que estuviera dando esos gritos”, o “montando esa rabieta”, o alguna frase similar. Y ahora, años después, te ves a ti mismo en medio del centro comercial aguantando la pataleta de tu hijo sin saber muy bien cómo pararle, mientras notas cómo todo el mundo te mira y te juzga.

 

Redacción: Irene García


1 Comentarios

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  1. Anónimo

    "tengo un bebe de 2 años su cabeza esta muy grande tiene 3er grado de desnutrición la han echo estudios y no me saben decir que es que enfermedad tiene o que hago".

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