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El secreto del arcoíris

Enviado por ruimaq

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El secreto del arcoíris

EL SECRETO DEL ARCOÍRIS

Como cada día, Pablo llegó del colegio, soltó su mochila y caminó hacia su habitación

.

A Pablo le encantaba jugar, dibujar, disfrazarse con cualquier cosa e inventarse historias de niños de 6 años. Su cuarto era su castillo y allí pasaba el mayor tiempo posible.

Pero nunca le duraba demasiado la tranquilidad: "PAAAAAAAAAAAAABLO". Era su padre, José, y por el tono de voz parecía enfadado. Pablo corrió por el pasillo y tropezó con la mochila.

  -¿Ves?, ¿qué te he dicho de dejar todo tirado? Recoge ahora mismo tu mochila y ponla en su sitio –dijo malhumorado.

Tenía la merienda en la mesa, los deberes preparados, sonaba el agua en la bañera y su madre ya preparaba la cena. Su vida era un poco estresante, no entendía por qué todo el mundo le daba órdenes y planificaba su vida: "no hagas esto, no hagas lo otro...".

Después de cenar, Pablo fue al baño. Su padre le escuchó llorar.

  -¿Qué pasa, Pablo? -dijo.

No se lo podía creer: se había colado en el váter.

  -Pablo, no llores. Llorando no vas a salir de ahí, pide ayuda y ya está -le reprendió su padre.

   -Sí, papá -contestó Pablo limpiándose las lágrimas mientras se iba a la cama.

Como todas las noches, su madre fue toda orgullosa a la cama con varios cuentos.

   -A ver, Pablo, ¿qué cuento quieres hoy? -le preguntó.

  -El que tú quieras, mamá -dijo Pablo mostrando poca ilusión.

Sonia, su madre, empezó a contarle uno que trataba de dos ratones que llevaban media hora buscando un trozo de queso. Pablo no se lo podía creer y se puso a pensar en sus cosillas. El cuento era realmente aburrido y Sonia ya se estaba durmiendo. Pablo, con los ojos como platos, se levantó y abrazó a Sonia.

  -Mamá, déjalo ya, tengo sueño. Vete a descansar -le dijo dándole un beso.

A Pablo le gustaba estar con su madre, pero no le entusiasmaban sus cuentos - Caperucita, el Gato con Botas, los de princesas...-. Siempre lo mismo, estaba cansado de las mismas historias, de escuchar lo que les pasaba a los demás, él quería ser el protagonista y para ello solo tenía que cerrar los ojos y soñar.

Pablo se despertó en un prado, miró al cielo y vio que las nubes tenían formas de animales. Todas se movían lentamente hacia un arcoíris mucho más intenso que los que había visto hasta entonces. Pablo se quedó tan sorprendido con su belleza que quiso descubrir su secreto. Justo cuando se estaba levantando, se llevó un buen susto ya que ante él había un gigante y era tan grande que no podía ver nada más allá. Se llamaba Chucho y no porque se pareciera a un perro sino porque todo su cuerpo estaba formado por golosinas: las piernas eran dos palotes gigantes, el pecho, una esponja gigante, los brazos, piruletas y su cabeza, un chupa-chups de fresa.

  -¿Dónde vas muchacho? -le dijo Chucho.

  -Voy a buscar dónde nace el arcoíris –respondió Pablo.

  -Ja,ja,ja,ja -se reía el gigante-. No podrás llegar solo, está muy lejos y hay muchos peligros por el camino.

  -Tú no me conoces -dijo Pablo-. Soy muy listo y puedo hacer lo que me proponga.

  -Me caes bien -contestó el gigante-. Toma este caramelo. Es muy especial, si alguna vez necesitas mi ayuda ponlo en tu boca, cierra los ojos y piensa en Chucho. Pero, ojo, si te lo comes antes de tiempo perderá su poder y nunca más volverás a verme.

Pablo se lo guardó y empezó a andar por un sendero.

Después de un rato, Pablo se metió en el bosque, estaba oscuro y empezaba a tener miedo. Se acordó de las palabras de Chucho: "quizá debería haberle hecho caso..." pensó. De repente, tropezó con algo, se dio un golpe en la nariz y cayó de culo. No lo entendía: no había nada delante de él. Se levantó y extendió los brazos. Algo duro y transparente había allí. Intentó seguir adelante pero no podía avanzar: era un cristal mágico.

Pablo tenía una de las armas más poderosas del mundo, la imaginación. Sacó su estuche de la mochila, cogió un rotulador y pintó una puerta en el cristal. ¡¡Lo había conseguido!! Cuando dibujó el pomo de la puerta, esta se abrió, pero, ¡oh no!, detrás de la puerta había una bruja, la Bruja Maruja. Llevaba unas zapatillas de cuadros, una bata negra y unos rulos rosas, pero esta bruja no llevaba una escoba sino que portaba un aspirador.

  -¿Cómo te atreves a cruzar mi cristal, de dónde vienes? -le gruñó la bruja.

  -Soy de Alcalá -dijo Pablo.

  -Ummmm, no sé dónde está eso. Nunca he salido de este bosque, y ¿a dónde te diriges? –le preguntó.

  -Quiero saber dónde nace el arcoíris -respondió Pablo.

  -Ja,ja,ja,ja, nadie lo ha averiguado nunca, ¿por qué tú ibas a lograrlo? –preguntó la bruja riéndose.

  -Porque yo puedo lograr lo que quiera –afirmó Pablo.

De pronto, la bruja encendió el aspirador y Pablo fue a parar dentro de él.

Pablo se despertó en una jaula.  La bruja estaba limpiando la casa con su maldito aspirador. Su profesora, la Srta. Mari Carmen, le había enseñado a no llorar. Siempre decía a los niños que no servía de nada, que las cosas se resolvían pensando. Y así lo hizo, metió la cabeza en la mochila y sacó un globo. Con todas sus fuerzas se puso a soplar, a soplar y a soplar, y según soplaba se iba haciendo más delgado, tan delgado que al final pudo salir de la jaula volando. La Bruja Maruja se dio cuenta y corrió detrás de él pero Pablo, elevado por el globo, pudo salir por la chimenea mientras la bruja le gritaba unas cosas que solo dicen los padres cuando se enfadan.

Desde el cielo se veía todo muy pequeño. Pablo era feliz, le gustaba la compañía de las nubes de animales que, sorprendidas por su visita, le preguntaron de nuevo que a dónde iba. Él volvió a repetir que seguía al arcoíris y las nubes le acompañaron.

Desgraciadamente no le duró mucho la tranquilidad porque vio una bandada de pájaros que se dirigían hacia él haciendo piruetas a gran velocidad. Según se acercaban vio que al frente de ellos iba la que parecía ser la jefa. Tenía cara de pocos amigos y llevaba un parche en el ojo.

  -¿Tú qué haces en nuestro cielo? -dijo la capitana Plumona-. Tú no eres un pájaro y no puedes estar aquí.

Pablo les contó la historia de la bruja, les pareció muy divertida y todas las aves se echaron a reír. Plumona, enfadada, dijo:

   -¡¡CALLAOS!! Nadie se ríe sin mi permiso, volved a la formación y estad en silencio -gritó llena de furia porque no quería que nadie le quitara el protagonismo.

  -¿Por qué seguís a Plumona? -dijo Pablo- ¿siempre es así con vosotras? Para ser un buen líder hay que respetar a los demás y ella no parece hacerlo.

Plumona, aún más enfadada, se dio la vuelta y se dirigió a gran velocidad hacia él, levantó su pico e hizo explotar su globo. Pablo cayó al vacío gritando. Todas las aves se miraron y descendieron rápidamente formando una cama de plumas que sujetó a Pablo hasta dejarlo en el suelo.

  -Muchas gracias, amigas mías, disfrutad de la libertad y no sigáis nunca más a Plumona -les dijo.

Pablo se levantó. Estaba en la playa. Vio que el arcoíris salía de una pequeña isla muy lejana. Mientras pensaba en cómo ir hasta allí decidió darse un baño en el agua.

Pablo encontró en la orilla un traje de buzo y decidió llegar nadando a la isla. Pronto se dio cuenta de que se había perdido y el casco, de repente, se llenó de burbujas, GLUP GLUP, no podía respirar, tenía algo en la boca y escupió. Justo ante sus ojos se encontró a un pequeño pececillo.

  -¿Quién eres tú? -preguntó Pablo.

  -Mi nombre es Sushi. No me comas, por favor.

  -No te voy a comer, pero ¿sabes dónde está la isla del arcoíris?

  -El arcoíris no suele salir por aquí, pero hay una isla muy cerca.

  -Bueno, vamos allá -dijo Pablo.

  -Hay un problema -dijo Sushi-. La isla está rodeada de tiburones y no creo que les gusten los buzos.

  -No te preocupes, ya se me ocurrirá algo -respondió Pablo.

De pronto, un enorme tiburón se plantó delante de él mientras se afilaba los dientes con una piedra.

  -¡Alto ahí! ¿Quién eres tú, pequeño mocoso?

  -Soy Pablo Ruiz Fernández, de 1º de Primaria.

  -¿Sabes qué? Nunca me he comido a un renacuajo como tú.

  -La verdad es que no merezco la pena -dijo Pablo-. Soy tan pequeño que no haré más que ensuciarte los dientes.

  -Tienes razón, haremos un trato, te dejaré llegar hasta la isla si aciertas esta adivinanza:

"Sale en la tele pero está en el fondo del mar

es amarillo y tiene dos patas,

tú tienes uno en la bañera

y a todos los niños les encanta."

¿Quién es Pablo?

Sushi no se lo podía creer pero el temible tiburón les dejó pasar. Pablo se despidió de él y por fin llegó a la orilla.

La isla del arcoíris era una pasada. Tenía una playa inmensa rodeada por una dunas que solo dejaban ver las grandes hojas de unas palmeras. La selva estaba tras ellas. Pero algo no iba bien. Pablo notaba cómo la fina arena vibraba. Se levantaba como si hubiera un terremoto…

Pero no era eso, en un segundo se vio rodeado de unos cangrejos enormes. No era momento de pensar, solo quedaba luchar. Pablo, después de ver mucho la televisión, dominaba varias artes marciales: kárate, kung-fu,… y sin dudarlo empezó a pelear con ellos. Eran demasiados y cayó al suelo. Junto a él, encontró el caramelo que le había dado Chucho y decidió pedir ayuda. Pablo lo abrió y, de repente, todo se volvió oscuro. Era la sombra de Chucho. A su lado los cangrejos ya no eran tan grandes. Chucho usó sus grandes brazos de piruletas para lanzar su ataque. Pronto los cangrejos se dieron cuenta de que no tenían nada que hacer y salieron corriendo.

Pablo abrazó a Chucho.

  -Muchas gracias -dijo-. Pensé que aquí acababa mi aventura.

  -Así es  -replicó Chucho-. Por muy valiente que seas, nunca debes dejar de ser prudente. Valora los peligros y, si dudas, pide ayuda. Hasta pronto.

Por fin, Pablo entró en la selva. Ahora tan sólo tenía que encontrar de dónde salía el arcoíris. No era capaz de ver nada porque todo estaba lleno de árboles con ramas que formaban enredaderas. Se oían ruidos extraños, parecían animales. Decidió esconderse detrás de unas hojas enormes. Al rato, los ruidos se iban acercando, todas las plantas se movían y veía cómo los animales huían al escucharlos. Eran seres humanos, pero parecían demasiado oscuros para ser de día. Los hombres llevaban unos calzoncillos de piel de tigre y las mujeres no llevaban la parte de arriba del bañador. A Pablo le resultaban muy graciosos porque llevaban huesos en la cabeza y platos en las orejas. Cuando iba a salir a saludarles, uno de los hombres lanzó una flecha intentando cazar a una especie de ciervo. La flecha pasó justo al lado de Pablo. Se pensó de nuevo lo de ser valiente y se quedó sentado: al fin y al cabo, él también era un animal.

Hizo caso a Sonia, su madre, que le había dicho en varias ocasiones que no hablara con extraños. Y estos desde luego no parecían de su barrio.

Poco a poco, la selva se hacía más densa, ya casi no podía andar y en el suelo había una especie de fango, ¡Oh no! se había metido en unas arenas movedizas. Era una mezcla de tierra y agua que le iba tragando poco a poco. No podía salir de allí. De repente, vio cómo caía una cuerda de un árbol. Rápidamente se cogió a ella y subió lo más alto que pudo. No sabía quién le había tirado la liana pero estaba totalmente rodeado de monos. Decidió descansar un rato y comer algo. En la mochila solo llevaba un yogur, lo abrió y cuando dio la primera cucharada, ¡PUFFF, JA,JA,JA,JA! Pablo espurreó el yogur y empezó a reírse sin parar. Delante de él había un mono vestido con un biquini, unas gafas de sol y un sombrero. Pablo paró de reír y le preguntó que por qué iba así vestido.

  -Uh, Uh -respondió el mono.

Parecía que este animal era el único que no hablaba en este cuento. El mono se acercó a él y metió un dedo en el yogur. Era normal que le gustara, al fin y al cabo era de plátano. Aunque Pablo estaba muerto de hambre le dio el yogur al mono. El mono, en señal de agradecimiento, se levantó el sombrero y le regaló una piedra con forma de estrella. No sabía para qué servía, pero se la guardó en la mochila.

El mono le hizo una señal y Pablo le siguió por las copas de los árboles sin envidiar en nada a Tarzán o a Spiderman. Por fin cruzaron la selva. Había llegado a su destino. El arcoíris salía del suelo. Pablo, deslumbrado por el brillo, no se dio cuenta de que había un agujero. ¡¡El arcoíris salía del fondo de la tierra!! Era imposible bajar por allí, tenía que haber una entrada. Corrió por los alrededores y llegó a un río. Vio que al final había una cascada. Sin pensarlo un momento, se lanzó por ella. Nunca había disfrutado tanto, era un tobogán gigante de agua, aquí, allá, abajo, arriba y al final un gran salto y un lago. Detrás de la cascada, se veían dos luces y nadó hacia ellas, había dos antorchas y una especie de puerta. No tenía cerradura y no sabía cómo abrirla. Pablo cogió una antorcha y la acercó a la puerta. Había algo semejante a un hueco, parecía que faltaba algo, una pieza… ¡YA ESTÁ! la estrella que le había regalado el mono. Pablo la sacó, la puso sobre la puerta y esta se deshizo en arena.

De nuevo, la luz le deslumbró, se puso su gorra y las gafas de sol y entró en la cueva. Oyó un ruido, la arena volvió a subir formando de nuevo la puerta. Había quedado atrapado pero no le preocupaba, estaba llegando al final del misterio y no podía pararse por un pequeño detalle. Las paredes de la cueva eran de cristal y por ellas corría el agua de un lado al otro salpicando todo a su alrededor. En el techo no solo estaba el agujero por el que casi se cae, había muchos y por ellos entraban más de mil luces de colores. Nunca había visto nada igual. Allí estaba el nacimiento del arcoíris, un gran diamante azul donde rebotaban los rayos del sol y las gotas de lluvia que caían de las paredes de la cueva.

Pabló lo cogió y lo guardó con cuidado en la mochila. Se fue la luz y todo se volvió muy oscuro. Pablo se dio cuenta de que si se lo llevaba nadie más podría disfrutar de la belleza del arcoíris. Decidió dejarlo en su sitio y todo se iluminó de nuevo. El diamante empezó a moverse y se abrió formando una rosa. De su interior salió una pequeña bola de cristal envuelta en un pergamino que decía: "Lleva siempre contigo este cristal y no dudes, pues a donde quiera que vayas te guiará".

Solo había una salida en el techo pero era imposible llegar. Pablo miró hacia arriba y allí estaba su amigo el mono. No sabía cómo se llamaba, pero siempre le recordaría como el mono UhUh, alguien que le había salvado la vida dos veces y solo por haberle dado un yogur.

Pablo se despertó en su cuarto con la canica en la mano, se levantó y la puso en la estantería. Era su primer trofeo, la brújula de cristal.

 

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