Toda persona tiene su personalidad. El modo de ser de cada uno se forja desde el momento de su nacimiento. Son muchos los factores que influyen en la formación de la identidad, y uno de ellos es el momento en el que llegamos a la vida. Obviamente la condición de primogénito no es el único determinante en la singularidad de cada uno.
Muchas han sido las teorías que han tratado de dar explicación a las diferencias de temperamento de una persona según su ubicación en la familia respecto al resto de sus hermanos. Pero, teorías aparte, lo cierto es que, aunque pocos padres lo admitan abiertamente, no se educa de igual forma a todos los hijos.
Ahora bien, nunca se puede afirmar que un niño por el hecho de ser el primogénito, el segundo o el quinto esté determinado a presentar unas características fijas e invariables, pero sí que los estudios parecen encontrar que es mucho más probable que, según ese mismo orden, se presenten unas señas de personalidad diferentes.
De este modo, siempre en términos generales, se puede decir que el primero suele ser más serio, más formal, responsable, ordenado e introvertido; es el receptor de valores, el que siendo hijo único recibe más atención y dedicación (de momento) positiva y negativamente. Suelen ser más precoces y solitarios o individuales que el resto de la familia porque al nacer el segundo experimentan una especie de desentronización que les hace enfrentar por sí solos muchas áreas que antes abordaban con el apoyo de los padres.
El segundo hijo, o mediano en el orden, suele ser más diplomático y alegre, puesto que a diferencia del primero cuenta ya con un cierto “camino abierto” que le ha ido dejando el mayor, los padres ya cuentan con experiencia y no le sobreprotegen tanto, por lo que su grado de sociabilidad y competitividad será mayor que en el caso del primero, estableciéndose una especie de lucha de uno por intentar superar al otro y del primero por tratar defender lo que considera suyo.
A medida que aumenta la prole, la educación parental se va debilitando, y el benjamín suele ser más mimado y mimoso así como algo rebelde y quizás poco previsible. Mientras que precisamente por ser el último, al no haber ningún otro que le quite su puesto de atención, el mimo puede despertarle una cierta sensación de inferioridad respecto a sus hermanos mayores pero también puede que al tener el camino más abierto de todos sus hermanos les supere.