Acogimiento familiar. Se busca un hogar

Acogimiento familiar. Se busca un hogar
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Carolina tiene cuatro hijos, los mayores de 16 y 14 años, son biológicos, los pequeños, de 9 años y 20 meses llegaron a su casa en régimen de acogimiento. Todos son hijos suyos, porque así lo sienten, ella, su marido y sus cuatro hijos: su familia.

Hace ya más de seis años que planteó a su marido la idea de acoger a un niño saharaui durante las vacaciones. Pero cuando fueron a informarse conocieron la posibilidad de hacerlo con niños de aquí, de forma permanente, y lo tuvieron claro. Así es como acogieron en su hogar a dos niños, hijos de la misma madre, cuyas circunstancias personales le impedían hacerse cargo de su crianza.



El acogimiento familiar ofrece la oportunidad de vivir en una familia a menores que por distintas causas (abandono, carencias, maltrato…) no pueden hacerlo con sus padres biológicos. En la Comunidad de Madrid más de 4.500 niños cuentan con una medida de protección y de ellos el 60% se encuentran acogidos por familias madrileñas. “En nuestra sociedad se tiene a menudo la idea de que la protección al menor es un tema que afecta sobre todo a otros continentes en los que la infancia tiene problemas graves de educación, salud o supervivencia –afirma Paloma Martín, Directora Gerente del Instituto Madrileño del Menor y la Familia de la Comunidad de Madrid- pero se nos olvida que en nuestro entorno también hay niños que necesitan protección. El menor no es sólo objeto de una política social que debe atender sus necesidades, sino que el menor es ante todo sujeto de derechos. Uno de los derechos más importantes del niño es el de vivir en familia. Y es, en este contexto, donde se enmarca el acogimiento. Porque creemos que la familia es núcleo básico de la sociedad, con un papel fundamental en la transmisión y aprendizaje de valores humanos como la libertad, el respeto a los demás, la tolerancia y el esfuerzo personal, trabajamos desde la Comunidad de Madrid para que cada día sean más las familias que se sumen al reto de la acogida".

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Las razones que motivan a una familia a acoger a un niño son muchas y dispares.


“Hay familias que se ofrecen porque no han tenido hijos y en vez de adoptar han conocido esta alternativa y les ha parecido adecuada. Otras, que tienen hijos biológicos, deciden solidariamente criar más hijos, porque no les apetece vivir el proceso que ya han vivido o porque piensan que hay niños que les pueden necesitar y se ofrecen para acoger. Los ofrecimientos son muy distintos en función de la motivación por la cual se acercan a nosotros”, explica Alicia Cebrián, trabajadora social de MACI, entidad colaboradora encargada de la gestión de los servicios de acogimiento en Madrid  “aunque lo que no debemos olvidar es que, independientemente del deseo de cada familia, lo más importante es ponerse en el lugar del niño y ser conscientes de las necesidades que tienen los pequeños”.

Paco y Rocío también han acogido a dos niñas, hermanas biológicas de padre y madre, que ahora cuentan con 5 y 2 años, pero su caso es diferente al de Carolina. Ellos optaron por participar en el programa de acogimiento porque no podían tener hijos biológicos. “Valoramos la posibilidad de la adopción internacional, pero conocimos las charlas del programa de acogimiento y nos decidimos. Ahora tenemos con nosotros a las niñas que son como propias. No puedo compararlas a los hijos biológicos porque no los tengo, pero no encuentro diferencia con la relación que tienen con sus hijos mis amigos o parientes”.

Y es que su llegada se espera como la de un recién nacido: “Mi sensación, con Diego, fue la misma que tuve cuando estaba embarazada de nueve meses esperando ver la carita de mi bebé. Durante los meses que estás esperando la llegada del niño acogido sólo deseas que llegue el día que te llamen para decirte que viene y verle la carita”, recuerda Carolina con ilusión.


Vivir con su historia

Si bien, el camino hasta hoy no ha estado exento de dificultades. No hay que olvidar que no deja de ser una situación muy compleja que, mantiene Encarna Gómez, presidenta de MACI, “exige mucha incondicionalidad por parte de las familias y a la vez respeto por la historia del niño en relación con su familia de origen y el sufrimiento de no poder vivir con ellos y aceptar a nuevos papás. Los padres acogedores deben ser conscientes en todo momento de la historia del pequeño. Es fundamental que se sienta respetado él y su familia biológica, sólo así podrán vivir sin conflictos y sin resentimientos por su origen”.

La aceptación mutua de la familia biológica de la medida de acogimiento y la aceptación y respeto del origen del niño por parte de la familia acogedora es la pieza clave en la convivencia. “Los niños al principio tienen miedo. Vienen de una situación crítica y llegan a un centro donde les atienden muy bien, donde están protegidos, tienen una vida estructurada, con sus horarios, etc. Es normal que no quieran abandonar esta vida e irse con unos señores desconocidos. Por esa razón el proceso es lento. La nueva situación les crea conflictos de lealtad, pero después pierden ese temor y se dan cuenta de que la nueva familia no está sustituyendo lo que tienen. Cuando la nueva familia es capaz de respetar el dolor del niño, el chaval es capaz de soportar su situación y la convivencia es mejor” nos dice la presidenta de MACI.

En cualquier caso, estas exigencias, tienen su recompensa y todas las familias acogedoras coinciden en sentirse gratificadas con su experiencia. La prueba está en que ellos son la mejor vía de difusión del programa, transmitiendo su historia a otros padres. “Sienten que tiene mucho que agradecer a los niños, porque les aportan mucho, más que ellos a los niños”, cuenta Encarna.

“A veces –apunta Carolina- me da rabia que la gente me diga: qué suerte han tenido estos niños. Yo les digo: la suerte ha sido nuestra por encontrarlos. Sólo puedo estar agradecida a su madre biológica por haber tenido a mis hijos”.


No es un camino de rosas

Carolina tarda en contestar cuando se le pregunta por las dificultades del proceso, tiene que indagar en su memoria para relatar los obstáculos que ha tenido que salvar, pero reconoce que al principio tuvo miedo. Miedo de pensar que no sería capaz de quererles tanto como a sus hijos biológicos. “No sé decir cuando me di cuenta, sé que no fue el primer día, ni a los 15, pero de pronto eres consciente de que les quieres a todos por igual, hasta el punto de que, como cualquier madre, no podría tomar partido por ninguno. Cuando los pequeños me preguntan dónde han nacido siempre les digo que no se quiere más a las personas por haberlas tenido nueve meses dentro de la tripa, si no no me querrían a mí o a sus hermanos o yo no querría a mi marido porque no lo he parido”.

Quizás lo más difícil sean las visitas. Si los padres de origen lo solicitan se establece un régimen de visitas mediante el cual se pone en contacto a los progenitores con el menor protegido, siempre bajo la mediación de los técnicos en acogimiento. “Mi hija mayor es consciente de su historia. Llegó con una edad que le permitía conocer qué estaba pasando. Y  quería a su madre biológica, pero a su vez se daba cuenta de que era su tragedia. Siempre tiene la necesidad de saber que su madre está bien. Aunque no sabe poner nombre a lo que le pasa, es consciente de que algo no va bien y de que aquí lleva una vida más feliz, normal. Con su madre tiene un vínculo biológico clarísimo pero el afectivo es complicado. En las visitas a su madre, pasa momentos dolorosos, porque se reencuentra con su historia anterior. Es una niña que ha llegado a asumir la función de cuidadora de su madre y de su hermana. Sin embargo por otro lado también tiene miedo a que esta convivencia se acabe. Y lo mismo nos ocurre a nosotros. No los hemos adoptados y no hay garantías de que ocurra, por eso siempre tienes presente el temor a que un día se vayan, pero aprendes a convivir con esa idea. Me tranquiliza pensar que los lazos que se están creando perdurarán de por vida”, reconoce Paco.

La experiencia de vivir con una familia les acompañará toda la vida aunque vuelvan con su familia de origen. Paloma Martín suele hace esta comparación: “Es como si los niños llevaran una mochila donde van almacenando todas las experiencias vividas que les podrán servir de utilidad durante el largo viaje que es la vida”.

“Lo más gratificante sin embargo es que a su llegada descubren formas de relación afectivas que desconocían. Para la pequeña todo era nuevo porque ingresó en una residencia nada más nacer, la mayor no obstante ha tenido la oportunidad de conocer cómo es una convivencia familiar donde ella sea la protegida y sean los mayores las que la protegen”, explica Paco todavía con cierto asombro.


Convivir con nuevos hermanos

En los últimos años el perfil de las familias está cambiando, si antes la mayoría venían derivados de la adopción, ahora las familias tienen, además, otras motivaciones. Son familias con hijos que se plantean ofrecer algo a otro menor que les necesita. En estos casos surge otro elemento a tener en cuenta: los demás hijos de la familia.

Para Encarna, la relación que se crea con los demás hijos de la familia es estupenda. “Es semejante a la de unos hermanos cualquiera, normal, es decir, se producen los mismos episodios de celos, del nuevo príncipe que llega y destrona al mayor. Y esto es lo sano, lo raro es que no ocurra. Los niños que estaban en la casa sienten que pierden el lugar que tienen y se establece una lucha hasta que cada uno encuentra su espacio en la familia”.

“Nosotros, añade Alicia, antes de que llegue el niño a la familia vemos si hay hueco para él. Estudiamos cómo es la situación de esa casa. Tenemos siempre en cuenta a los demás menores que haya, porque también tienen sus cosas que decir”.

Una experiencia que Carolina conoce bien: “Cuando llegó Diego, Carlos, mi segundo hijo tuvo mucha pelusa. Al principio me culpé pensando que me había volcado demasiado en el pequeño. Después me di cuenta de que su reacción era la normal de cualquier «príncipe destronado»”.

“En el fondo los que nos preocupamos somos los padres. Ahora he descubierto que los niños tienen más capacidad de dar que de recibir. Cuando les dices que va a venir un niño a vivir con ellos y que tienen que compartir su habitación, sus juguetes... piensas que no van a aceptarlo, sin embargo después compruebas que el temor era sólo tuyo. Ellos actúan con naturalidad y con más capacidad de dar de lo que me hubiera podido imaginar” afirma Carolina.


Una pequeña ayuda a la solidaridad

Es cierto que ninguna familia se ofrece como padre acogedor por dinero, lo que no implica que la CAM no apoye la generosidad de estos padres con una serie de medidas que van desde deducciones de 600 a 900€ sobre la cuota íntegra autonómica del IRPF, becas directas en comedor escolar,  cómputo a efectos de familia numerosa, ayudas directas a familias de 2.700 a 5.000€, apoyos con tratamiento psicoterapéuticos, etc.


¿En qué consiste el acogimiento?

Hay familias que por sus circunstancias personales o sociales no pueden hacerse cargo del cuidado sus hijos, ya sea de forma temporal o permanente. El acogimiento familiar es un recurso que evita la institucionalización de estos niños y les permite integrarse en un ambiente que les proporcione la seguridad, el afecto y la estabilidad que necesitan para su desarrollo.

Acogimiento simple: Su finalidad es el retorno del niño con su familia de origen. Tiene carácter temporal, con claras perspectivas de solución de los problemas puntuales de la familia biológica. Se estipula previamente el tiempo de permanencia en la familia acogedora, que no supera los dos años.

Acogimiento permanente: En estos casos el retorno es indefinido, ya que por el carácter grave de los problemas de la familia de origen no se prevé la vuelta. Su finalidad prioritaria es garantizar al niño una continuidad y estabilidad en su familia acogedora, con la que pueden crear vínculos afectivos permanentes. Este tipo de medida se plantea como una alternativa a la institucionalización. El acogimiento en este caso suele finalizar por mayoría de edad del menor, adopción o retorno a la familia de origen.


¿Quién puede acoger?

En el caso de los ofrecimientos realizados en la Comunidad de Madrid, podrá acoger cualquier persona o núcleo familiar residente en la CAM y mayor de 25 años, que esté dispuesta a atender a estos niños, dándoles respuesta educativa y afectiva. “Se buscan familias que puedan dar afecto, que tengan estabilidad y que transmitan normalización de convivencia” puntualiza Encarna Gómez. El niño, que viene de una situación difícil e inestable requiere un equilibrio, cariño, una estabilidad para crecer, aprender y sentirse seguro: tener su cole, su mamá, su papá, sus amigos… en definitiva, una familia normal que le cuide, le quiera y le atienda.


¿Quieres informarte?

MACI: www.maci-asoc.com  - 914134497
Instituto del Menor y la Familia. C/ Gran Vía 14 Madrid

 


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Fuentes: Paloma Martín, directora gerente del instituto del Menor y de la Familia, como organismo autónomo de la Consejería de Familia y Asuntos Sociales de la CAM; Encarna Gómez, presidenta de MACI. Alicia Cebrián, trabajadora social de MACI.

Fecha de actualización: 19-12-2007

Redacción: Lola García-Amado

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