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Ada Parellada - TodoPapás
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Ada Parellada

Ada Parellada

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Llegó a su profesión de cocinera de la mano de sus padres y abuelos, hoteleros y restauradores por tradición. Con 25 años abrió el restaurante Semproniana y, algo más tarde, Pla dels Àngels y Petra, los tres en Barcelona. Inquieta por naturaleza, su pasión y gran curiosidad por la cocina le han llevado a complementar la gestión de sus locales con colaboraciones habituales en varios medios de comunicación, la publicación de varios libros y con la creación de talleres de cocina para niños y niñas.

“Ya nadie duda, hoy en día, que una buena alimentación es el mejor plan de pensiones que podemos adquirir todas las personas. Y sobre todo los niños”.


Todopapás: ¿Cómo surgió la idea de escribir ¡Es fácil que coman de todo!?

Ada Parellada: Porque soy madre, así de sencillo. Cuando eres madre, -especialmente yo que me dedico al mundo de la alimentación- te das cuenta que tienes un bebé al que dar un futuro a través de la alimentación. Fue a partir de aquí que surgió la idea de hacer este libro, de ver qué necesitaban mis hijos para tener una buena alimentación. Después de mi experiencia, decidí escribirlo para ayudar a otros padres.

TPP: ¿Crees que la mayoría de los padres saben lo necesario para dar una alimentación adecuada a sus hijos?

AP: Jamás sabes suficiente. A veces me planteo cómo es que este libro es una novedad si nos hemos alimentado durante miles de años. ¿Qué es lo que ha cambiado en los últimos 100 años? ¿Por qué nos preocupamos más por la alimentación si hasta ahora no nos había ido tan mal? La diferencia es que ahora no tenemos límites. Antes existían 4 límites: 1º Geográfico, el terreno en el que vivíamos nos limitaba en cuanto a los alimentos que podíamos adquirir. ¿Quién podía comer una piña tropical? 2º Climatológico, no podíamos comer fresas en diciembre. 3º Religioso, ¿cuántos de nosotros este año no hemos comido carne el viernes santo? Ya casi nadie respeta los preceptos religiosos sobre alimentación. Parece un tema baladí pero era importante porque durante 40 días se renunciaba a ciertos alimentos. 4º Económico, hace 100 años comer era carísimo, había ciertos alimentos a los cuales no se tenía acceso. Pues todo esto se ha acabado, podemos comer piña tropical, salmón de Chile, canguro… y sin temporadas.

Y ahora nuestro problema es que tenemos una nutrición por exceso, así como antes la teníamos por defecto. Tenemos una responsabilidad nueva que es la de escoger. Ese es nuestro gran problema. Hay tanto para elegir que debemos aprender a elegir aquello que hace que nuestra alimentación y la de nuestra familia sean saludables.

TPP: En tu libro dedicas un capítulo a distintos desórdenes alimenticios que cada vez son más frecuentes: obesidad, anorexia, etc.

AP: La obesidad es el más evidente. Yo siempre cuento -y los nutricionistas seguro que no están de acuerdo conmigo- que venimos a este mundo con 30 años de garantía. Así como una lavadora tiene 2 años, nosotros por nacimiento tenemos 30. En este tiempo puedes quemar tu garantía, y nosotros como padres tenemos la obligación de empezar a hablar de diseñar el plan de pensiones de salud de nuestros hijos.

A todos los niños les gustan los bollos, hamburguesas, pizzas, fritos, chucherías y pasta. Es muy gracioso porque se ha observado que estos gustos son universales, a un niño de China le gusta lo mismo que a uno de Madrid. ¿Por qué? Porque necesitan comer estos alimentos. Los hidratos de carbono compuestos de la pasta o el arroz son su gasolina; necesitan los hidratos de carbono simples de los dulces y las grasas y las proteínas de las carnes para crecer y para moverse. Sus papilas gustativas notan que lo necesitan. Y rechazan verduras, pescado y legumbres (alimentos que contiene nutrientes reguladores como vitaminas, minerales… que ayudan a que tu organismo funcione correctamente), que son los que más demandamos los adultos porque nuestra garantía de salud empieza a agotarse. Nosotros como padres tenemos la responsabilidad de crear ese plan de pensiones y darles reguladores desde pequeños para que todo funcione de mayores. Los niños no necesitan calcio, lo necesitamos los adultos, pero si no lo hemos tenido de pequeños, de mayores tendremos osteoporosis. Por eso no podemos darles sólo lo que les gusta. Hay que educarles para que adquieran hábitos saludables.

TPP: ¿Y cómo se consigue que coman verduras, pescado, legumbres?

AP: Aquí entra la estrategia porque si no les gusta o no les apetece tenemos un gran drama. Hay que convertir aquella verdura aparentemente insípida, que nos les gusta –los niños tienen las papilas gustativas más desarrolladas y cualquier sabor lo perciben amplificado- en algo agradable. ¿Cómo? Disimulando el sabor de las verduras, no camuflándolo sino diluyendo el sabor con salsas (como la bechamel o de tomate), gratinándolas, con patatas hervidas… Encontrar aquellas verduras que no rechazan, probar todas para ver cuáles prefiere. Si no le gusta ninguna, prueba con qué salsa le disgusta menos. Si no, prueba con texturas, triturado, entero... Y si aún así es imposible, oblígale aunque coma poco. No se le puede permitir no comer nada de verdura.

TPP: ¿Ha influido el hecho de que los padres cada vez tengan menos tiempo para cocinar?

AP: Todo se resume en un hecho: la incorporación de la mujer al mundo laboral remunerado. La consecuencia es que la estructura familiar se ha modificado. Hemos ganado un montón de cosas pero hemos perdido otras. Una de ellas es que no hay nadie en casa dedicado a la alimentación. Antes había una cocinera en cada casa más o menos relajada. Cuando llegaba el niño, la madre sabía que lo que había cocinado era perfecto e incluso tenía ganas de pelear y discutir con él para que se lo comiera todo.

Ahora las madres llegan agotadas, cansadas de discutir todo el día y sin ganas de pelearse con el niño. Además se sienten culpables porque no los han visto y en el fondo lo que quieren es “buen rollo”. Para cenar abren cualquier paquete, sin saber cómo se ha cocinado lo que hay dentro. Y si el niño no lo quiere, la madre, cansada de pelear, lo cambia. Sólo quiere un rato de tranquilidad con su hijo. Así están creciendo niños “malcriados” y sin hábitos.

Yo lo que propongo es que saquen al menos dos horas el sábado para comprar comida fresca, y otras dos el domingo para cocinarla y congelarla. Así a diario sólo hay que descongelar. Otra cosa que les digo es que dediquen un rato cada noche a la educación alimentaria, aunque parezca un rollo. Cada noche, como hábito, poner la mesa, sentarte con ellos y hablar de la comida, hacerles entender que lo que hay en la mesa es interesante, explicarles los diferentes sabores…

TPP: ¿Qué papel tienen los colegios en la educación alimentaría?

AP: Los colegios han hecho mucho bien y mucho mal. Mucho bien porque allí es donde se introducen los nuevos sabores. Los padres no tenemos ganas de pelearnos y pensamos dos cosas: “Ya aprenderán en el colegio” y “como sé que en el cole comen bien, en casa les doy cualquier cosa”. Y es verdad que comen bien porque allí se preocupan de que la alimentación sea equilibrada. Además es una empresa que cobra por ello y tiene un deber moral. Hay unos hábitos adquiridos: una mesa preparada y un momento para comer, un primero, un segundo y un postre, y personas dedicadas a que se lo coman todo.

Lo malo, que son muchos niños y por tanto no se transmite amor a la comida. Se hace rancho y la empresa busca el rendimiento económico, no va a comprar el mejor tomate, sino el más barato. El primer tomate que coma un niño de 3 años estará cortado sin amor y comprado con criterios económicos, por lo que no tendrá sabor y asociará el tomate a ése del colegio que no le gustó. Por eso los padres en casa tienen que darle esos alimentos pero de calidad y enseñarle que pueden saber bien. El colegio educa, pero no en el sabor sino a nivel nutricional. Los padres en casa tienen que hacer el complemento palatal, trabajar el sabor.

TPP: ¿Es fácil crear un hábito?

AP: No, no lo es. Requiere mucho tiempo, pero es imprescindible. Los padres tienen que trabajarlo. Los adolescentes tienen una etapa en la que rompen con sus hábitos, quieren ser diferentes. Pero si están consolidados, cuando pasen esta etapa, los recuperarán. Por ejemplo con los desayunos, aunque coman poco sólo el hecho de sentarle a la mesa cada día 10 minutos, con el desayuno delante, le crea el hábito de hacerlo. Lo mismo con la cena. Los nutricionistas recomiendan cenar ligero, pero lo que hemos hecho ha sido interpretar este “ligero” en comer cualquier cosa en cualquier sitio (enfrente del ordenador, en el sofá). Ya no tienes delante una mesa con sus platos, con lo que no se crea un hábito.

TPP: ¿Qué está pasando con los desayunos?

AP: Esto es imperdonable. Algunos colegios están haciendo una labor interesante. He visitado muchos colegios en los que he realizado diferentes talleres y he notado una gran preocupación en este tema y un trabajo al respecto. Es imperdonable que los niños vayan al colegio sin desayunar porque así no rinden. El cerebro necesita glucosa, un elemento que se gasta y debe reponerse a través del desayuno. Y nutrientes para tirar adelante… en fin, que el desayuno es la ingesta más importante del día. La merienda lo es menos, aunque tenemos que acostumbrarnos a hacer 5 comidas al día. Si continúan estudiando o con actividades extraescolares es necesaria, pero no tanto como el desayuno.

TPP: ¿El conocimiento de los beneficios de una alimentación sana ayuda a que coman mejor?

AP: No, no les importa nada de nada. Para ellos la palabra salud no cabe en su mente. Es una palabra abstracta. Hay que enseñarles por el sabor más que por la salud. Mostrarles todo lo que se puede hacer con un determinado alimento. Por ejemplo, las manzanas resultan aburridas. Hay que convertirlas en algo divertido, enseñarles la variedad, historias sobre ellas (Adán y Eva, Blancanieves, Newton), hacer tartas, bizcochos, etc.

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