Cómo ayudar a un niño a afrontar la muerte de un ser querido

Cómo ayudar a un niño a afrontar la muerte de un ser querido
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La pérdida de un ser querido es una experiencia que por inevitable no deja de ser dolorosa, un proceso del que desgraciadamente nadie estamos exentos, y tampoco los niños. Así, cuando fallece un familiar, a las dificultades propias que supone para un adulto enfrentarse a una muerte cercana, hay que sumarle la tarea de explicar a los menores qué significa lo que está ocurriendo, y ayudarles a asumirlo. Pero ¿cómo hacerlo adecuadamente para evitar más sufrimiento?

En las civilizaciones occidentales la muerte ha pasado de ser un hecho natural a un tema tabú. Probablemente para atenuar el dolor que provoca la pérdida de una persona cercana, nuestra cultura ha optado por esconder, apartar e incluso negar todo aquello que tuviera que ver con ella. Y esto incluye, en ocasiones, los sentimientos u otras manifestaciones de dolor. Por esta razón no es extraño que, con la intención de proteger a los más pequeños, se les oculte lo sucedido, se les aparte del duelo familiar o se les cuente una realidad maquillada con metáforas o mentiras.

 

Los expertos, sin embargo, aconsejan evitar esta forma de actuar con los niños. En estas situaciones un buen apoyo familiar es la clave para poder afrontar este hecho tan doloroso e ineludible. Sugieren, en cambio, permitirles vivir de forma adecuada ese proceso de adaptación tras una pérdida que significa el duelo, olvidando la falsa idea de que los niños, por su corta edad, no son conscientes de la situación. Es lo que considera la psicopedagoga Silvia Soler Polo cuando afirma que “el niño en su día a día debe afrontar pérdidas, rupturas y separaciones que le producen diferentes vivencias dolorosas; aunque estas pérdidas serán una veces más traumáticas que otras. Los niños menores de cinco años por ejemplo tienen un concepto de la muerte muy limitado. Antes de los cuatro años, no han asimilado con claridad el concepto de tiempo, así que, cuando desaparece un ser querido les genera mucha confusión. A partir de los cinco son capaces de diferenciar claramente entre lo que es separarse de alguien temporalmente o para siempre y el apoyo de los que le rodean (abuelos, hermanos, tíos, profesores, etc.) será muy importante para superar la pérdida, sin olvidar el propio esfuerzo que el niño deberá hacer para conseguirlo”.

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¿Cómo entiende un niño la muerte?

 

Para saber cómo concibe un niño la muerte hay que tener en cuenta, por lo tanto, su edad. El nivel de comprensión difiere mucho de un año a otro durante la infancia, de tal modo que, como asegura Soler, para los menores de 3 años no existe el concepto de muerte como tal, pues no son capaces aún de comprender las limitaciones de espacio y tiempo. Viven la muerte como una separación de la persona querida. Pero no saben todavía que es un hecho irreversible. Sus reacciones son por imitación, por lo que sus respuestas emocionales serán las que perciban de sus figuras de apego.

 

Entre los 3 y los 6 años, ya comprenden qué es la muerte pero la ven como un sueño prolongado. Creen que es temporal y a medida que cumplen años, a partir de los 4 o 5, empiezan a entender que es un hecho irreversible, si bien no lo consideran universal, pues aún no conciben que les pueda ocurrir a ellos o a sus padres. Tampoco asumen la no funcionalidad del cuerpo y piensan que la persona fallecida puede seguir teniendo sensaciones (nos oyen, nos ven…). A esta edad interpretan literalmente las explicaciones que reciben sobre la muerte. Según Silvia Soler es habitual que “los niños menores de cinco años actúen como si no hubiesen perdido a nadie cercano y continúen dibujando a la persona fallecida, esperen la llamada telefónica de ésta o incluso mantengan conversaciones con ella en sus juegos imaginarios”.

 

Entre los 6 y 8 años perciben la muerte como algo externo. Saben lo que significa pero todavía les cuesta entender que puede ocurrirles a ellos o a alguien cercano.

 

A partir de los 8 o 9 años, saben que es un hecho inevitable, irreversible y universal.

 

¿Cómo reaccionan ante la muerte de un ser querido?

 

No todos respondemos ante la muerte de igual forma. El proceso de duelo es único para cada persona. Un pérdida repercute en distintos ámbitos de la personalidad (psicológico, social, físico…) y el efecto que ésta provoca está condicionado por varios factores (relación con el fallecido, forma de su muerte, edad, creencias…), por lo tanto cada uno lo asumirá de una manera particular.

 

En los menores esto no es distinto. Su reacción dependerá de su edad, del grado de maduración, de su capacidad de comprensión, de la cercanía con el fallecido, del comportamiento de su entorno, etc.

 

Como explica la psicopedagoga, “puede ocurrir que los niños, aparte de dolor, sientan miedo; miedo a que ellos mismos u otra persona querida fallezcan, y es común que se visualicen estando solos, lo que les genera mucha ansiedad. A veces, sucede que experimentan sentimientos de culpa por haber tenido conductas inadecuadas o haber sido poco cariñosos con la persona fallecida. Debemos tener presente que esto puede ocurrir y al detectar estos síntomas, debemos hablar con el niño para que vea que lo ocurrido es un hecho en el que él no ha tenido nada que ver. También es común que expresen la tristeza a través del llanto, la rabia manteniendo alguna pelea con sus iguales, malas contestaciones hacia sus compañeros y adultos  y miradas desafiantes. Incluso pueden llegar a somatizar las emociones sufriendo dolores físicos, esto ocurre cuando guardan silencio y no manifiestan su dolor de ninguna forma.Tampoco es extraño que aparezcan regresiones como mojar  la cama, querer un chupete o un biberón”.

 

No obstante, estos comportamientos entran dentro de lo que puede considerarse un proceso de duelo normal, en el que afloran sentimientos comunes como temor, confusión, escepticismo, tristeza… si bien, estos pueden llegar a convertirse en otros más serios, según el niño (conflictos sociales, descenso del rendimiento académico, depresión, baja autoestima, sentimientos de culpabilidad, estrés postraumático, ansiedad, aislamiento, problemas alimenticios o de sueño, etc.) a lo que tendremos que estar especialmente atentos.

 

¿Cómo actuar?

 

Para que un niño pueda superar la pérdida de un familiar cercano, es fundamental que los adultos consigamos que el pequeño se sienta acompañado por el resto de sus familiares para que la seguridad en sí mismo no decrezca.

 

A la hora de explicarle que su padre, madre, o familiar cercano ha fallecido, debemos partir de lo que el niño ya sabe, recomienda Silvia, poniéndole un ejemplo de un animalito que haya tenido y haya muerto, o de una película infantil que haya visto en donde fallece algún personaje. Después hay asegurarse de que le queda claro que la muerte es un hecho irreversible y que forma parte de la vida. Esconder lo ocurrido por evitar su sufrimiento es un error. Cuando fallece un miembro de la familia, el niño percibe enseguida la ausencia de esa persona y suelen formular preguntas a su progenitor como: ¿Por qué estás triste? ¿Por qué se ha ido papá o mamá? ¿Por qué no puedo ir al entierro y tengo que quedarme con esta cuidadora?, etc. El pequeño necesita respuestas y es nuestra obligación dárselas.

 

Generalmente la mejor forma de actuar es apoyándole, estando cerca de él en todo momento, tanto física como psicológicamente, explicándole lo sucedido y respondiendo a sus preguntas de forma sencilla pero honesta, incluso admitiendo nuestras propias dudas, sin mentir ni emplear eufemismos que solo le confundirán y acrecentarán sus temores, avivados por su incipiente imaginación (“El abuelo está dormido”, “se ha ido de viaje”).

 

Soler Polo insiste en que “es muy importante que la conversación se maneje con naturalidad y que contestemos a sus preguntas dándoles respuestas simples y claras que satisfagan su verdadera necesidad teniendo en cuenta su edad y desarrollo madurativo. Tenemos que ser consientes de que es inevitable el dolor que el niño experimentará, a pesar de ello, podemos ayudarle a que viva el duelo de una manera más sana estando a su lado que si le dejamos solo y sin control ante las nuevas emociones que experimentará”. Motivo por el que conviene animarle a comunicarse y a expresar lo que siente.

 

“Además, añade, debemos partir de que los niños son dependientes de los adultos, por lo que la pérdida de la figura materna, paterna o ambas, implica que se vea desprotegido por la desaparición de la fuente que le proporcionaba seguridad y afecto. Por ello es de suma importancia que el niño se sienta seguro y amado por las personas encargadas de su cuidado".

 

No olvidemos tampoco que un niño necesita fijarse en los adultos para saber cómo comportarse, por lo que nuestras muestras de cariño, nuestro apoyo, y la forma en la que nosotros mismos compartamos ese dolor le servirán como modelos de conducta. “Cuando los adultos somos capaces de hablarles con naturalidad expresando nuestros sentimientos dándonos permiso para llorar delante del niño, éste podrá acoger esta manifestación como un mecanismo natural de escape y de alivio a su pena o dolor. Por el contrario, cuando esta comunicación no existe y los sentimientos son escondidos («Sé fuerte y no llores», «no te pongas triste»…), estamos dando paso a que el pequeño no libere sus emociones y somatice su dolor poniéndose enfermo o expresándolo con comportamientos dañinos.Así pues, no debemos prohibirle llorar, ya que todo esto le ayudará a superar su duelo. Ahora bien, si no quisiera hablar ni expresar lo que siente no hay que agobiarle, porque ya lo hará cuando se sienta preparado para hacerlo”, sostiene la experta.

 

Por último, tras el suceso, es oportuno garantizar la estabilidad del niño volviendo a la cotidianidad de la rutina diaria lo antes posible, evitando grandes o repentinos cambios en su vida (mudanza, viajes, cambio de colegio, etc.); lo que no significa que deba fingirse que no ha ocurrido nada, o que la vida no ha cambiado con el fallecimiento del familiar. “Es importante que el niño sienta que hay espacio para recordar a la persona fallecida aunque esto desemboque en llanto”, añade Soler.

 

¿Debe asistir un niño a un funeral?

 

Los expertos coinciden en la conveniencia de no apartar al niño del proceso. Al contrario, es preferible hacerle partícipe y prepararle para lo que va a ocurrir, sin esconder lo irremediable y ayudándole a entenderlo en la medida de lo posible. El funeral, un entierro, un velatorio, una misa, son rituales necesarios en estas situaciones. Los ritos son útiles en el proceso del duelo, ya sean religiosos o sencillos actos como colocar flores o escribir una carta, ayudan a asimilar la pérdida de la persona querida y a despedirse de ella.

 

Silvia Soler es consciente de que “hay personas que opinan que llevar a los niños al funeral es una vivencia demasiado dolorosa, sin embargo, pienso que con ello se les está brindando la oportunidad de despedirse. Debemos tener presente que la causa del dolor no es el funeral en sí, sino la pérdida del ser querido”. De este modo aconseja “antes de que se celebre el funeral, en caso de que el niño quiera asistir, debemos preparar al niño para lo que va a ver, explicándole en qué consiste y cómo reaccionarán las personas. Esta información les permitirá controlar mejor la situación, haciéndoles sentir más seguros. Cuando el funeral acabe, hay que animar al niño a que retome la normalidad, su rutina cotidiana: jugando, viendo la televisión, leyendo cuentos o disfrutando con los abuelos”.

 

Igualmente, cuando la muerte ha sido consecuencia de una enfermedad, o de alguna causa previsible se recomienda no apartar a los niños de la situación anterior (enfermedad, accidente…). En lugar de esto podemos informarles de la realidad de manera sencilla, adaptando la explicación a su nivel madurativo, pero sin ocultar la verdad. Además es importante que se les dé la oportunidad de despedirse de la persona querida, si ellos quieren.

 

Cuándo es conveniente pedir ayuda profesional

 

Siempre y cuando la familia observe que el niño o la niña expresan los sentimientos de una manera sana, no hace falta acudir al especialista, opina Soler.

 

Desde casa trataremos de que se sienta satisfecho consigo mismo, procurándole aprendizajes y descubrimientos que le produzcan satisfacción. Sin embargo, cuando un niño no logra dar este paso, el duelo se vuelve dañino y es entonces cuando pueden aparecer síntomas que indican que algo está pasando: vómitos, pérdida de apetito, dificultades para conciliar el sueño y para el aprendizaje, fobia escolar... Por otro lado, en caso de que la persona fallecida haya sido uno de sus progenitores, el niño, puede volverse obsesivo con mantenerse cerca del otro. Tratando de cuidarle en exceso, llamándolo continuamente a su trabajo e incluso impidiéndole que cierre los ojos para dormir.

 

Todos estos síntomas, explica la psicopedagoga, nos indican que el niño tiene muchos miedos y que vive con gran una gran ansiedad. La manera de aliviarlo es manteniendo con él diálogos sinceros que respondan a sus inquietudes ya que son capaces, a su manera, de comprender diversas situaciones, y haciendo que se sienta acompañado de las personas más significativas y cercanas a él.

 

Mas si el niño no logra asumirlo y se presentan algunos de estos síntomas, conviene consultar a un experto:

 

- Profunda tristeza que impide al niño realizar sus rutinas.

 

- Dificultades para conciliar el sueño, alimentarse o permanecer a solas.

 

- Regresión a actitudes de un niño más pequeño.

 

- Imitación de la persona que ya no está.

 

- Deseos de irse con el familiar fallecido.

 

- Falta de interés para jugar con los amigos o hermanos.

 

- Desmotivación para ir al colegio y/o realizar los deberes.

 

- Irritabilidad y agresividad hacia sus iguales y adultos.

 

Fuentes: Silvia Soler Polo, psicopedagoga. Avda. Machupichu, Madrid. Tel. 646 448 173


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Fecha de actualización: 28-10-2013

Redacción: Irene García

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