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"El diagnóstico del TDAH al final perjudica al niño por la exclusión y el estigma que puede suponer"

Marino Pérez, especialista en Psicología Clínica y catedrático en la Universidad de Oviedo, es coautor del libro "Volviendo a la normalidad. La invención del TDAH y del trastorno bipolar infantil", en el que se habla de que los problemas que tienen los adultos con la atención, la actividad y el humor de los niños están siendo capitalizados por la industria farmacéutica como dianas para la comercialización de medicamentos de algunas enfermedades mentales infantiles que no son tales.

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TodoPapás: Primera pregunta obligada, ¿el Trastorno por Déficit de Atención, con o sin Hiperactividad (TDAH), existe o no?

Marino Pérez: No existe como entidad clínica. Sin embargo, existe como etiqueta y discurso que se refiere a ciertos comportamientos de los niños que pueden suponer dificultades o inconvenientes en algunos contextos y tareas. Bien entendido que las dificultades, inconvenientes o problemas no son una enfermedad.

El diagnóstico se hace en base a un razonamiento tautológico. Los padres llevan al niño a un clínico (pediatra, psiquiatra, psicólogo), a menudo sugeridos por el colegio, debido a que se mueve mucho, no atiende, etc. El clínico les dice que tiene TDAH. Si ahora los padres le preguntaran cómo lo sabe, en base a qué dice que el niño tiene TDAH, el clínico tendría que decir porque se mueve mucho, etc., lo que ellos le acaban de contar. Se mueve mucho porque tiene TDAH y se sabe que tiene TDAH porque se mueve mucho. Eso es una tautología o razonamiento falaz. No hay otras pruebas (test, análisis clínicos, electros, neuroimágenes) que determinen o confirmen el diagnóstico, que se hace como decía por las conductas referidas.

El problema a partir de ahora es que se va a ver al niño bajo la etiqueta. Hasta el propio niño se va a ver como “un TDAH”, teniendo esa “enfermedad”. El caso es que el diagnóstico, aun siendo falaz, sirve a diversos intereses. No existe como entidad clínica, pero existe como etiqueta con diversos usos (derecho a ayudas, explicación, etc.). Más allá de lo útil que pueda ser, en mi opinión, al final perjudica al niño por la exclusión y el estigma que puede suponer. La dicotomía entre TDAH y no-TDAH marca una diferencia entre “afectado” y “desarrollo atípico” y normal o de desarrollo típico, como se dice.

TPP: Si no es así… ¿por qué tantos expertos hablan sobre él y sobre diversas pruebas que lo justifican (como diferencias cerebrales en los niños que lo padecen?

MP: Para empezar, hay un modo de pensar establecido, por defecto, sin siquiera pensar, que preconcibe el problema como si fueran síntomas de una enfermedad. Me refiero al modelo biomédico que es el modo de pensar estándar en la escuela, en la sociedad, de los padres y de los clínicos. Aunque hay que decir que no todos los clínicos piensan de esa manera, por ejemplo, muchos psiquiatras son muy críticos con el TDAH, así como también personal escolar quienes están a menudo silenciados. Esta preconcepción es fácil de confirmar, al ver al niño a través de los síntomas y del diagnóstico, sin ver más.

El método de la investigación científica también se confirma a sí mismo fácilmente. A partir de la dicotomía TDAH / no-TDAH se buscan diferencias que en el mejor de los casos son ambiguas y exiguas pero que sirven para tirar de ellas y seguir buscando sin encontrar nada definitivo. Se trata de correlaciones estadísticas que también se podrían encontrar, por ejemplo, si se toma la dicotomía entre introvertidos y extrovertidos, entre músicos y no-músicos o entre taxistas y no-taxistas, éste un ejemplo ya famoso. Las posibles diferencias en cualquiera de estas dicotomías no implican que unos sean normales y los otros anormales. Lo normal es la neurodiversidad.

Por el contrario, el problema llamado “TDAH” se podría pensar de otra manera, para empezar como problema (no como síntomas) y como estilo y modo de ser. Dentro de esto, cuando las conductas supongan un problema o dificultad, habría ayudas sin necesidad de diagnóstico. Estas ayudas consisten por ejemplo en enseñar a los padres y profesores a entender y manejar las conductas problemáticas de manera más eficaz, comprendiendo y respetando el estilo del niño.

TPP: ¿Cuándo, dónde y por qué surge este término?

MP: El término surge a partir de 1980, en las sucesivas ediciones del sistema de clasificación de trastornos mentales de la sociedad americana de psiquiatría, el famoso DSM. Se suelen buscar antecedentes a principios del siglo XX y antes. Sin embargo, cuando se analizan estos supuestos antecedentes, se puede ver que no tienen que ver con el susodicho TDAH. En realidad, los problemas conductuales y escolares por los que se estableció esta categoría diagnóstica surgen a finales de la década de 1950 en EE UU cuando se “señaló” a niños que no rendían en la escuela y dificultaban el curso de la clase del retraso educativo de los americanos respecto de los rusos que se habían adelantado en la carrera espacial (primer Sputnik).

TPP: Cada vez son más los niños diagnosticados con TDAH… si esta enfermedad no existe, ¿qué les pasa a estos chicos?

MP: Lo que abundan son los diagnósticos de TDAH, no la supuesta enfermedad. La pregunta no sería qué les pasa a estos chicos. En su cerebro, nada. La pregunta sería qué pasa en la sociedad que lleva a tanto diagnóstico. Varias cosas están en juego. Por un lado, la sociedad promueve niñ@s hiper: infancias hiperactivas, hipersexualizadas, hiperconectadas, como hemos titulado un libro conjunto del psicólogo Ramón Ubieto y yo mismo. Los adultos incluyendo padres andan hiperactivos, atentos a muchas cosas a la vez, etc., como para que los niños no sean parecidos a ellos. La propia sociedad es en buena medida hiperactiva.

Por otro lado, la misma sociedad espera que los niños sean maduros, emprendedores, competentes, números uno, una especie de mini-adultos exitosos, lo que requiere de otro ritmo, con cada cosa a su tiempo, saber esperar, posponer la gratificación, tolerar la frustración, aburrirse, aspectos que no son precisamente los más fomentados por la sociedad. En este contexto, es fácil que algunos niños no respondan a estas exigencias y lo fácil es también diagnosticarlos, convirtiendo el problema en una supuesta enfermedad del niño.

Los padres se ven sometidos a mucha presión para el diagnóstico de parte de la escuela y como condición para alguna ayuda. Luego está la facilidad para hacer el diagnóstico por parte de los clínicos, como he dicho antes. El diagnóstico satisface varias preocupaciones, pero no es la mejor solución por la exclusión y el estigma que puede acarrear (niño “TDAH”, “afectado”, “desarrollo atípico”, con una enfermedad o trastorno). Sin negar el posible problema, un problema no es una enfermedad, para el cual existen ayudas sin necesidad de diagnóstico como dice el psiquiatra infantil inglés Sami Timimi.

Además, está el que los niños son diferentes, con estilos y modos de ser distintos, por ejemplo, movidos, extravertidos, curiosos, buscadores de sensaciones. Sin embargo, este estilo a veces es poco tolerado dentro de los estándares escolares cuando molesta, perturba y dificulta el aprendizaje.  Cuando hay “estándares” (modos típicos) y alguien cae fuera, es atípico, siendo entonces candidato al diagnóstico, la “solución fácil”.

TPP: Parte del tratamiento para niños con TDAH es la medicación… ¿qué efectos secundarios puede tener esta medicación a corto y largo plazo?

MP: La medicación puede suponer un alivio de los “síntomas” (es sintomática, no causal o curativa), con un efecto inmediato. Pero la medicación no está corrigiendo alguna condición de la enfermedad ni por ello confirmando el diagnóstico. La medicación, típicamente estimulantes, produce el mismo efecto tengas o no (el diagnóstico de) TDAH, como también puede ayudar a estar concentrado en un momento dado como hace el tabaco para los fumadores, el café o las bebidas energizantes. El problema es su uso continuado, de por vida, como se supone es la medicación para el TDAH. Los estudios a medio y largo plazo, de 3 a 16 años de seguimiento, muestran efectivamente que no corrigen los síntomas, ni tampoco mejoran el rendimiento escolar, más bien la medicación parece estar asociada a peor rendimiento. Luego están los efectos secundarios. Un estudio reciente donde se hizo un seguimiento de 16 años a niños que empezaron a tomar medicación a los 8 años y ahora tenían 25, muestra una disminución de la estatura respecto a los niños no-medicados. Un efecto que está ligado a la medicación, no en vano usada en dietas de adelgazamiento. El problema es cuando te pilla creciendo.

Esto no quita que se use la medicación, sabiendo lo que da de sí, sin excusar otras ayudas centradas en mejorar el rendimiento escolar y el desarrollo de habilidades conductuales, que la medicación ciertamente no hace.

TPP: ¿Qué deben hacer, entonces, aquellos padres que tengan un hijo diagnosticado con TDAH?

MP: En mi opinión, el diagnóstico no define (afortunadamente) una enfermedad o trastorno mental. Es una etiqueta que se refiere a ciertos problemas que se debieran abordar como problemas, no como síntomas de enfermedad. Aun cuando la medicación es un recurso, nunca debiera ser la primera opción y nunca debiera excusar ayudas tendentes a desarrollar la autorregulación del niño, la mejora del rendimiento escolar y la compresión de su modo de ser respetando su estilo.

TPP: Otro de los trastornos de los que hablan en su libro es el Trastorno bipolar infantil, ¿tampoco existe?

MP: El trastorno bipolar es un trastorno en principio típico de la edad adulta que renombra la clásica psicosis maniaco-depresiva (de escasa prevalencia). La nueva categoría bipolar establecida a partir de la década de 1990 es mucho más inclusiva al cubrir bajo su paraguas los cambios de humor desde la depresión a la euforia, llegando a ser un diagnóstico de moda con famosos y todo. Luego se ha extendido a la infancia donde se incluyen las oscilaciones del humor de los niños que pueden variar en pocos minutos, desde berrinches a contento, etc.  

El supuesto trastorno bipolar infantil sigue el camino inverso del TDAH. Si éste surge en la infancia para luego extenderse a la vida adulta, el trastorno bipolar se extiende de la vida adulta a la infancia. Se trata de audaces movimientos de psicopatologización y medicalización de problemas normales. Aunque la psicosis maniaco-depresiva es una entidad clínica, el trastorno bipolar tiene una laxitud que incluye oscilaciones del humor que forman parte de las variaciones de la vida, por lo que ha llegado a ser un diagnóstico de moda. El problema es que se ha llegado a medicar a niños por cambios de humor que seguramente forman parte de las vicisitudes de los estados de ánimo.

TPP: ¿Por qué ese afán por inventarse trastornos mentales?

MP: Bueno, la invención no surge de la nada, sino de problemas normales. La cuestión es convertir problemas normales de la vida en supuestas enfermedades. La gente acepta de buen grado esta conversión porque así se exime de cualquier responsabilidad; no soy yo el que va mal, sino mi cerebro o mis genes, un culpable perfecto. A la sociedad también le interesa, porque así no tiene que revisar su funcionamiento, formas de vida, contradicciones. Porque serían los individuos los que fallarían en aprovechar las oportunidades. Pero tampoco los individuos, sino su cerebro o genes, como decía. Por otro lado, la enfermedad da muchos réditos a toda una industria que vive de comercializar los problemas de la vida y de capitalizar sus remedios.

TPP: ¿Por qué parece que a los padres les cuesta mucho más educar a sus hijos actualmente? ¿No estamos preparados?

MP: Educar a los hijos es mucho más complejo de lo que se piensa, por dos razones al menos. De un lado, la sociedad es ella misma compleja y variable, con cantidad de modelos y formas de ser posibles. De otro lado, los padres ya no se rigen por la tradición y el sentido común, sino por informaciones y expertos de turno. Allí donde las abuelas y abuelos no tenían dudas, las nietas y nietos que son padres ahora no saben qué hacer, a expensas del Dr. Google y la Dra. Wikipedia. La sobreabundancia de información termina por convertir a uno en desinformado y desnortado.


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Fecha de actualización: 09-03-2018

Redacción: Irene García

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