Juan sin miedo

Juan sin miedo

Enviado por lau

Hace mucho tiempo vivía un joven llamado Juan que no conocía lo que era el miedo.

-Cuando oigo las historias de monstruos y fantasmas que alguna gente cuenta, no les entiendo cuando dicen que se sienten aterrorizados- le dijo un día a su padre.

Así que decidió hacer las maletas y salir en busca del miedo.

Llevaba ya todo el día caminando sin que aquéllo que buscaba se apareciese por ningún sitio. Caía la noche y tenía que buscar un lugar donde dormir. Así que llamó a la puerta de una casa que parecía abandonada.

-¿Quién osa llamar a mi puerta?- dijo una desagradable voz. Y una bruja horrible, fea y mala abrió la vieja puerta de la casa.

- Le haré una pócima para envenenarle y comérmelo después- pensó la bruja. Y le dejó pasar.

Juan, que estaba hambriento y no se había asustado todavía ni por la bruja ni por la casa, probó el brebaje, pero enseguida lo escupió gritando:

- ¡Qué mala está esta sopa!

- ¡¿Cómo?! ¡Qué chico tan maleducado! ¡Fuera de mi casa!- le dijo la bruja echándole con la escoba.

Y Juan tuvo que proseguir su camino en busca del miedo y sin cenar. Y andando, andando, se topó con un enorme ogro que gritaba y temblaba:

-¡Ven aquí!- le dijo a Juan- Tengo mucho frío y me voy a hacer un abrigo con tu piel.

Juan, lejos de asustarse le respondió:

-¿Con mi piel? Con lo pequeño que soy no tendrás ni para un guante. Mejor toma la ropa que guardo en mi maleta y hazte un gran traje.

El ogro en agradecimiento le preguntó:

-¿Qué puedo hacer para recompensarte?

- Yo sólo quiero aprender lo que es sentir miedo y no lo consigo- le dijo Juan entristecido.

- Quizás allí puedan ayudarte- le dijo el ogro señalando a lo lejos - En lo alto de esa montaña hay un castillo encantado por un malvado mago. El rey que allí gobierna ha prometido la mano de su hija a aquel que consiga pasar tres noches seguidas y recuperar el castillo. Hasta ahora, todos los que lo intentaron huyeron asustados o murieron de miedo.

- Puede que allí pueda sentir el miedo-pensó Juan y se marchó corriendo.

Y era cierto, al llegar, el monarca le contó lo que debía hacer:

- Si consigues pasar tres noches dentro, te concederé la mano de mi hija y la mitad de mi reino.
- Se lo agradezco- le respondió Juan- pero yo sólo quiero saber lo que es el miedo y dormir un poco.

El rey, que no guardaba muchas esperanzas de que consiguiera pasar ni siquiera una noche allí se despidió diciéndole:

- Cada mañana iré a verte. Si continúas allí cumpliré mi promesa.

Y Juan se dispuso a pasar la primera noche en el castillo embrujado. Pero cuando ya había cerrado los ojos, un aullido impresionante le despertó:

- ¡Uuuuuuuuuh!- Un fantasma tenebroso se deslizaba sobre el suelo y se dirigía a Juan.

-¿Quién eres tú que te atreves a despertarme?- le preguntó Juan furioso, que no conseguía dormir.

- ¡Uuuuuuuuuuh!- repitió.

Pero como no contestaba y no dejaba de emitir esos molestos alaridos Juan Sin Miedo le tapó la boca con una bandeja que adornaba la mesa. El fantasma se quedó mudo y Juan trató de dormirse.

A la mañana siguiente el rey apareció por el castillo como había avisado el día anterior. Y al ver a Juan feliz y contento se asombró enormemente, pero le recordó que aún le quedaban otras dos noches.

Pasó el día y se puso el sol y como la noche anterior el sueño de Juan fue interrumpido por otro ruido de fantasmas.
-¡Qué pesados! No me van a dejar dormir esta noche tampoco…

Y agarró la sábana que cubría al fantasma para sonarse la nariz. Así que el espíritu salió corriendo empapado.

Y llegó la tercera noche. Juan Sin Miedo ya dormía cuando escuchó acercarse a una momia espeluznante. Y preguntó:

- Dime qué motivo tienes para romper mi sueño. Como no contestaba, agarró un extremo de la venda y tiró. Retiró todas las vendas y encontró al mago:

- No puedo usar mi magia. Déjame libre y romperé el encantamiento- le pidió asustado el mago.
Y así fue como se rompió el hechizo del castillo, el rey cumplió su promesa y Juan se casó con la princesa.
Pero no acaba aquí la historia. Los nuevos príncipes todavía no eran felices ni podían comer perdices porque Juan no conocía el miedo. Así que cierto día en que el ahora príncipe dormía, la princesa decidió sorprenderle regalándole una pecera. Pero tropezó al inclinarse, y el contenido, agua y peces cayeron sobre el lecho que ocupaba Juan.

- ¡Aaaaaaaah! - exclamó Juan al sentir los peces en su cara - ¡Qué miedo!

La princesa reía viendo cómo unos simples peces de colores le habían asustado.

- Te guardaré el secreto, dijo la princesa. Y eso hizo, y aún se le conoce hoy como Juan Sin Miedo.

FIN

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