Fan-ta-gi-ro

Enviado por Mª__S___TTCV__

¡Mamá!, ¡mamá! –gritaba Álvaro mientras corría despavorido hacia la habitación de sus padres

¿Qué te sucede hijo? –le preguntó mamá

Hay una mano mamá

. Hay una mano verde y peluda. Me ha agarrado de los pies y me apretaba muy fuerte.  La mano hablaba mamá. Me decía que me iba a arrastrar al ático para encerrarme hasta que dejase de ser un enano “cobardica”

¡Celia!- grito mamá

La puerta de la habitación de la niña se abrió y asomó una carita pecosa -¿Qué pasa mami?

¿Cuántas veces te he dicho que no asustes a tu hermano, Celia? –la  preguntó mamá

Una amplia sonrisa de dibujó en la cara de la niña. –Es que es tan divertido, mami

Celia tenía 12 años, dos más que su hermano pequeño Álvaro.

Era una niña alegre, listilla, traviesa y con una desbordante imaginación. Lo que más le gustaba en el mundo era asustar a Álvaro.

Inventaba historias de monstruos “come-niños” de vampiros” chupa-sangre” o de brujas que convertían a los hermanos pequeños en sapos para después cocinarlos en sus calderos. 

Aprovechaba cualquier ocasión para asustar a su hermanito.  Se escondía detrás de las puertas, se metía dentro de los armarios, se colaba debajo de las camas y le encantaba disfrazarse de la manera más terrorífica.
Hoy era un día especial, y un bulto se movía en un sueño inquieto debajo de una colcha de globos de colores. Los primeros rayos de sol entraban por las rendijas de la persiana. De repente, el bulto saltó de la cama.

 -Mamá, mamá, ya es mi cumple, ya es mi cumple...

Gritó emocionado Marcos. Con su pijama de ositos y globos morados, con calcetines de algodón y un remolino en lo más alto del pelo rubio como el oro, gracioso, revoltoso, admiraba contento los regalos que le habían comprado sus papás y la abuela Marta que vivía con ellos. Los ojos abiertos, como la boca, redonda y perpleja. Pequitas repartidas por una cara inocente, curiosa y las manos repartiendo aplausos pequeñitos, pero sonoros. La alegría del momento superaba la armonía cotidiana de un niño educadisimo.

 - ¿Puedo abrirlos, puedo abrirlos?

Preguntó con impaciencia, mientras su madre y abuela Marta, desde la cocina sonreían, cómplices del momento tan especial del 7º cumpleaños de su adorado pequeño.

- Claro que puedes abrirlos, hijo.

Dijo su mámá, más nerviosa aún que él. Habían hecho un gran esfuerzo para comprarle sus regalos, la crisis había limitado sus ingresos. De un salto se plantó ante la montaña de regalos, de papel brillante y lazos grandes. Deshizo los lazos y rasgó los papeles. En un momento había descubierto un libro de dinosaurios, un coche de juguete, un estuche de colores y un jersey para los Domingos. Los nuevos siempre son para las fiestas. Todavía le quedaba uno por abrir. Vaya, ¿qué sería aquel paquete tan grande y curioso? Tiró del lazó y cayó el envoltorio brillante. Y Marcos dio un pequeño salto.

 - ¿Qué era aquello tan raro?

Nunca había visto nada igual

- ¿Es una rara bici plegable nueva?, ¿un gormiti gigante?. - Que cosa más rara.

Dijo el niño en alto cuando lo abrió. Nadie le respondió y siguió dandole vueltas.

- ¿Para qué servía?

Se quedó en silencio. El pensamiento se concentró en las teclas de colores del aparato plateado. Mudo por completo, Marcos inspeccionó lentamente cada detalle de lo desconocido, ante la mirada divertida de su padre, culpable de tanta curiosidad, ya que él había traido el misterioso regalo. Marcos estaba concentrado, ocupado en averiguar para qué servía aquello y por qué sus padres habían pensado en traerle un aparato, al parecer único, porque no lo había visto en ningún anuncio. Sin embargo, repasando cada esquina del regalo, el niño se detuvo en una etiqueta dorada, con un texto que leyó en voz alta, lentamente:

- Fantagiro, inventa tus cuentos.

Volvió a pronunciar la primera palabra, con voz temblorosa por la emoción.

- Fan-ta-gi-ro.

No recordaba haberlo visto antes, no sabía lo que era.

- Mamá, papá, abuelita...¿que es esto?.

Gritó Marcos. Se le había acabado la paciencia y estaba temblando sin poder evitarlo. Quizás máma sabría que era aquello.

- A ver, el qué, cariño...

La madre se acercó al regalo, al mismo tiempo que se secaba las manos  y  empezó a dar vueltas al Fantagiro. Alrededor de 20 teclas personalizaban el aparato. Todas ellas de colores distintos y con un mensaje escrito en letras plateadas: miedo, amor, risa, fantasía, acción, aventura, drama, animales, personas, hadas, duendes y monstruos.

-Tiene muchas teclas

Afirmó su mamá moviendo la cabeza.

- Lo sé mami, ¿pero, para qué sirve?

Preguntó Marcos, algo cansado de mirar y pensar.

 - Vendrá en las instrucciones. Tienen que estar por algún lado.

Dijo la madre. Pero despues de mirar y remirar, se rindió a la evidencia, no había papeles que explicaran el funcionamiento del curioso aparato. Sin embargo, la plaquita dorada daba alguna pista: "inventa tus cuentos".

 - ¡sirve para crear cuentos! , ¡sirve para crear cuentos!

Exclamó el niño. Dió la vuelta al regalo y descubrió otra etiqueta color bronce: "Cada botón, una historia diferente".

- ¡Ah, ya sé, ya sé! .Gritó emocionado. - Cada tecla es una historia, un cuento... ¡A ver, a ver, cómo se hace!.

Volvió a gritar el niño con ganas de probar como funcionaba.

- Me apetece un cuento de monstruos...

Y apretó la tecla donde aparecía la palabra elegida: monstruos. De repente un ruido de campanillas salió del aparato y apareció por la rendija superior , una hoja azul con un texto en negrita. Lo cogió rápidamente y comenzó a leer.

- Erase una vez un monstruo que se llamaba Carlino, el monstruo marino, - leyó el niño. - ¡De monstruos, de monstruos... es de monstruos! ¡Esta fábrica es mágica! 

Afirmó el niño con una sonrisa de oreja a oreja, maravillado, estupefacto, con los ojos muy brillantes. Terminó de leer el cuento y descubrió que no tenía final. Quiso escribir uno, el suyo y así lo hizo. Acabó la historia como él quiso, como su imaginación le dictó en ese momento. Así es como Marcos se convirtió en escritor.

Al principio el Fantagiro le daba historias inacabadas, sus amigos le pedían cuentos, su familia. Y él les ofrecía relatos en los que siempre terminaba él las historias . Pero lo más importante, es que los monstruos y personajes de sus cuentos, se convertían en los amigos imaginarios de los niños a los que los daba. Amigos que les ayudaban a superar todos sus miedos. Su monstruo, su primera creación, Carlino, acompaño a Marcos hasta que se hizo mayor, y entonces, se convirtió en el amigo de Laura, su hija, a la que cuidó y ayudó en su imaginación igual que hizo con Marcos. Porque los monstruos de los niños son buenos, solo las personas mayores que no se acuerdan de su infancia, crean monstruos malos como el Coco, que asustan a los niños.

FIN

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