Cuando la placenta envejece prematuramente se llena de depósitos de calcio que impiden el correcto suministro de oxígeno y alimentos al bebé, con lo que se debe provocar el parto para garantizar el bienestar fetal.
La placenta comienza a crearse desde el mismo momento en el que el óvulo es fecundado, aunque no completa su desarrollo hasta la semana 12 más o menos.
Su función es la de suministrar oxígeno y nutrientes al bebé, además de eliminar sus desechos y protegerle frente a posibles infecciones.
La placenta va madurando a lo largo de toda la gestación y, hacia el final del tercer trimestre, comienza a envejecer. Cuando esto ocurre se llena de depósitos de calcio que impiden la correcta entrada y salida de oxígeno, nutrientes y desechos, por lo que el bebé pierde su bienestar dentro del útero materno y se pone en peligro su vida.
Generalmente, la placenta calcificada se encuentra en mujeres de más de 41 semanas de gestación, cuando el embarazo se alarga más de lo debido. Sin embargo, a veces este proceso ocurre antes de lo normal y se puede encontrar una placenta calcificada en la semana 37.
En estos casos, el único tratamiento posible es el parto, con lo que se provocará el mismo o se realizará una cesárea, según el obstetra considere mejor, para que el bebé empiece su vida fuera del útero cuanto antes.
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