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¿Qué nombre ponemos al bebé?

ImageLa responsabilidad de decidir cómo llamar a tu hijo es muy grande: Será su tarjeta de presentación en la vida, la primera palabra que entienda y el comienzo de su identidad. Una decisión que no debe tomarse a la ligera, ya que pocas cosas son, como nuestro nombre, para siempre.



Si hubo un tiempo en que la moda de los nombres la proporcionaba el santoral, hoy en día la elección de éstos atiende más a razones de gusto que a imposiciones religiosas o patronales.

Echando mano de los Registros de los últimos 100 años observamos que el calendario litúrgico ha dejado de ser fuente exclusiva de inspiración en favor de otras muchas.

Es cierto que la variedad de nombres a la que tenían acceso nuestros padres y más aún nuestros abuelos era mucho más limitada que la actual. Numerosos de ellos no conocían más difusión que su ámbito local y los nombres extranjeros apenas cruzaban su frontera natural. Sin embargo, con la ayuda del turismo, las telecomunicaciones y la permisividad legislativa, el abanico se ha abierto considerablemente, con lo que nombres que cuatro décadas atrás eran desconocidos gozan hoy de extraordinaria divulgación.

Fuentes de inspiración

Muchas han sido, y son todavía, las motivaciones que influyen en la elección de un nombre. Unas más originales que otras pero ninguna tomada al azar. Recurrir por ejemplo, al nombre de los progenitores, de los abuelos o de algún familiar siempre ha sido y es una opción recurrente, que todavía permanece en vigor.

A pesar de la prácticamente nula existencia de estudios en nuestro país sobre la evolución en las preferencias onomásticas, un repaso a las tablas del Instituto Nacional de Estadística puede darnos una visión de cómo la popularidad de los nombres fluctúa casi más que un valor en la Bolsa.

Si echamos la vista un siglo atrás observamos que nombres como María, Carmen, Josefa, Dolores, Francisca o Antonia ostentaron la hegemonía durante varias décadas. En el caso de los hombres, José, Antonio, Manuel o Francisco tampoco cedieron los primeros puestos hasta los años 70-80. Años en los que irrumpieron con fuerza en la lista de los 10 preferidos, nombres hasta entonces poco usuales en nuestro país como Óscar, Raúl, Rubén, Adrián, etc. o David, que en sólo dos lustros pasó de la posición 46ª a la primera, lugar en el que ha permanecido hasta el cambio de milenio, fecha en la que ha sido destronado por el nombre de Alejandro, que lidera el ranking hasta hoy. Los restantes nombres, ya tradicionales como Pablo, Carlos, Juan, Javier, etc. han experimentado ligeras oscilaciones pero sin perder del todo su popularidad, como sí han hecho otros hoy ya menos comunes, y antaño muy usuales, como Vicente, Félix, Julián o Mariano. Curioso es, sin embargo, el notable descenso del nombre de José, que ocupó la cabeza de lista desde principios del s.XX hasta quedar relegado al 28º lugar a partir del año 2000. Al contrario de lo que ocurre con ellas, donde María sólo es derrocado en los años 50, aunque permanece representado en los nombres compuestos de las primeras posiciones hasta los 80 cuando, por primera vez, es sustituido por Laura, para recuperar su liderazgo diez años después.

Si los años 70 marcaron una tendencia aperturista en la imposición de nombres -seguramente la reforma legislativa tuvo mucho que ver-, en los años 80 esta tendencia se hace más patente y prosigue el avance de Sonia, Susana, Sara, Verónica, Raquel, Irene, Lorena, Noelia, Alba, etc. en cuanto a las mujeres, y de Cristian, Iván, Sergio, Daniel, etc. para los hombres.

Nombres a la carta

Las modas tampoco son ajenas a la onomástica, de este modo, cuando un nombre es muy usado decae en aceptación e incluso llega a desaparecer casi por completo como ha ocurrido con muchos de ellos a lo largo de nuestra historia -ocurrió con los nombres medievales-, o bien en menor escala, dejan de ser frecuentes por un tiempo. Ejemplo de ello son Vanesa, Verónica, Yolanda o Raquel, muy de moda durante unos años y que en la última década han sufrido un descenso espectacular. Otros sin embargo, tras un periodo de “descanso” es como si quedasen listos para encabezar de nuevo el top ten, tales son Carmen, María o Ana.

Otra costumbre muy común, es la de poner dos nombres a un bebé, ya sea por gusto o por indecisión en la elección. Aquí debemos saber, antes de salir corriendo al Registro, que en el futuro sus familiares o amigos serán los que elijan sólo uno de los dos y será el que empleen para dirigirse a él, provocando una posible confusión sobre si se llama de una manera u otra, o incluso será el propio niño, cuando sea mayor, el que acabe utilizando únicamente uno de ellos, usando su nombre completo solamente para trámites oficiales.

La inclinación por el exotismo parece haber tenido también su momento álgido en los 80 y 90 con nombres extranjeros como Jessica, Jennifer o Jonathan, que formaron en ese tiempo parte de la lista de los cincuenta nombres más solicitados, y en los que se intuye una influencia del mundo del cine, la canción o programas de televisión. La originalidad también ha llevado a extraer nombres de novelas o relatos, como fue el caso de Vanesa, nombre a su vez inventado por Jonathan Swift para su poema autobiográfico Cadenus y Vanessa. Quizá el empeño por singularizar al recién nacido y al futuro adulto, -y avalados por una ley que permite una libertad casi absoluta para escoger el nombre del vástago- ha llevado a crear nombres a medida, originales e insólitos; práctica ésta muy usual en otros países. E incluso a adoptar el hipocorístico en lugar del nombre completo, como ha ocurrido con Álex o Sandra. Curiosamente ambos procedentes del mismo nombre y muy populares en los últimos tiempos.

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