La relación de los padres
Las características no son innatas, aunque sí hay formas de la personalidad que ya se poseen desde el nacimiento pero que se irán desarrollando o no según las experiencias vividas, de cómo se vivan, la educación recibida, la permisividad, el entorno social y físico, etc. Por ejemplo, cuenta Valencia “nacer mujer en una sociedad donde sus derechos están claramente limitados no será igual que si se nace en otra sociedad más abierta y libre. Lo mismo si se nace en un ambiente económicamente más fuerte que en uno más débil”. Y en el plano de la educación no podía ser menos. Ocurre en muchas familias, de forma casi inevitable. El orden del nacimiento dispone la interacción de los padres con sus niños. “Es evidente que todos hemos visto que educar a los hijos por igual es casi imposible. Sí que se puede intentar transmitir una serie de valores propios a todos los descendientes, pero a la hora de hacerlo vemos que es necesario adaptar su transmisión y enseñanza a la particularidad de cada uno. Eso se ve claramente en que con el mayor hay más empeño en su educación y se le exige más responsabilidad mientras que al pequeño se le trata de manera más tolerante. No hay que olvidar igualmente que cada hijo nace en diferentes momentos del desarrollo familiar: no es igual ser el primero de una pareja joven que aún está luchando por situarse y desarrollarse profesional y personalmente que nacer el último cuando ya han pasado unos años y hay un cierto acomodamiento vital y profesional.
¿El género es determinante?
En palabras de J. P. Valencia el sexo influye en el orden de nacimiento ya que altera la “competición” que puede establecerse cuando todos los hermanos son del mismo sexo. Así, si el primero es un varón y el segundo una chica, ésta no verá a su hermano como rival y si es única chica de varios hermanos varones (o el único varón de varias hermanas) quizás sea más cuidada o cuidado que el resto, alterándose, por tanto, las características habituales del orden perfectamente adoptar las correspondientes a un hijo único.
El número también influye
Ser primogénito ha sido históricamente cualidad beneficiaria de innumerables privilegios, uno de ellos era el que les consideraba máximos herederos de los recursos familiares. Hoy en igualdad de condiciones en el ámbito legal, no puede afirmarse que ser el mayor sea una ventaja. Al ser el primero, los progenitores depositan en él todas las expectativas, por lo que, en opinión de los expertos, les costará más esfuerzo asumir fracasos.
El lugar que cada vástago ocupe en la familia puede ser de igual manera, motivo de discusiones y enfrentamientos entre los hermanos propiciada por la relación de papá y mamá hacia cada hijo. Así como también influye la relación con cada miembro según el puesto que ocupe respecto a otro hermano. El mayor tiende a proteger al pequeño y el menor a verse en el espejo del mayor.
Según un reciente estudio llevado a cabo por científicos de la Universidad Autónoma de Barcelona, el número de hermanos en la infancia podría afectar asimismo en la vida adulta. En experimentos con ratas, los investigadores, han detectado que los individuos que habían compartido camada con un número más elevado de hermanos presentan un comportamiento menos ansioso y son más activos frente a situaciones adversas. Resultados que podrían perfectamente extrapolarse al comportamiento humano. En el trabajo se ha estudiado la actitud materna hacia estas crías para averiguar si esto influía en los cambios emocionales de su vida futura, demostrándose que independientemente del cuidado materno, las interrelaciones con los hermanos tienen importantes repercusiones en la vida adulta.
En cualquier caso, “la frecuencia de separaciones que existe en la actualidad, concluye el psicólogo, hace que se varíen las relaciones y que el vínculo entre hermanos se estreche o aumente aún más”.
El hijo único
El estudio de la Universidad de Oslo no se olvidaba de las familias con un solo hijo y revelaba que el cociente intelectual de éstos era también menor que el del primogénito de una serie de hermanos. Históricamente, la mala fama que acompañaba a los hijos únicos surgió a raíz de los resultados de unas investigaciones que afirmaban que la condición de hijo único era una anormalidad. La realidad es que, especialmente hoy que el índice de fecundidad avala la normalidad del único descendiente, los expertos consideran que esta circunstancia no es algo positivo o negativo en sí mismo para el pequeño. Todo depende de las pautas de educación que apliquen los padres, el método de crianza y las circunstancias de su entorno.
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Fuentes. Juan Pedro Valencia. Psicólogo infantil. EFE. Todopapas.com Redacción: Lola García-Amado
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