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Rocío Ramos-Paúl, "Supernanny"



TPP:
¿Cómo es la dinámica del programa? ¿Qué ocurre desde que unos padres se ponen en contacto con el programa hasta que tú te despides de unos niños ya obedientes?

RRP: Los padres llaman al programa y se hace una selección siguiendo criterios representativos y de normalidad, para que haya una gran mayoría que se sienta identificada con la realidad que vamos a ver. Una vez que se decide con qué familia se va a trabajar, se lleva a cabo todo el programa, en el que hay una primera parte de adaptación con la cámara, donde yo no estoy. Una segunda parte, la vida cotidiana de la familia y luego ya entro yo que observo esa dinámica. Posteriormente, hablo con los padres contándoles cómo lo he visto y evalúo los posibles cambios que se podrían hacer en función de lo que quieren conseguir. Llegamos entonces a un compromiso entre estos objetivos que plantean ellos y lo que yo veo dentro de la dinámica de la familia. A partir de ahí se establecen las normas que conocéis y para su consecución se establecen unas estrategias educativas. Nunca terapias, porque el tiempo no lo permite en televisión y no tendría mucho sentido. Son “pequeñas terapias” que generan cambios. Después ellos se quedan solos un tiempo aplicando esas estrategias. Yo vuelvo a establecer una evaluación con ellos y a modificar pequeñas cosas que irán puliendo.

TPP: ¿La “terapia” no se acaba en el programa entonces? ¿Las familias deben seguir trabajando cuando te vas?

RRP: Sí, yo me pongo en contacto con las familias después y charlamos. En esto es como en todo, hay quien lo aprovecha y quien ha decidido que no.

TPP: ¿Algún niño se ha resistido a Supernanny?

RRP: ¡Muchísimos! Y es normal. Todos lo haríamos. Hay una resistencia grande al cambio. El comportamiento de los niños se produce porque obtienen un beneficio y cuando descubren que ese beneficio ya no existe o que va a cambiar, hay una resistencia. Esto genera mucha angustia en los padres, porque la resistencia de los pequeños viene con lloros y pataletas y en cierto modo hay un sufrimiento del niño. Aunque luego no sea real. Uno tiene que pensar que está educando y educar significa poner límites, aunque poner límites sea incómodo, pero hay que ser consecuente y constante. En la vida en general también hay límites y nos cuesta vivir con ellos; pero asumimos que hay una autoridad y que hay unas normas necesarias para que podamos vivir de una forma tranquila y socialmente aceptable.

TPP: ¿Cómo consigues imponer esas normas que no han conseguido imponer sus padres y que además los niños no te vean después como a un ogro, sino todo lo contrario, te abrazan y se despiden de ti muy cariñosamente al final del programa?

RRP: (Ríe) Yo no hago nada que no puedan conseguir los padres. En el programa intento intervenir lo menos posible. Simplemente doy directrices sobre lo que yo sé. ¡Hombre, juego con ventaja! Llevo mucho tiempo trabajando en esto. Aunque la intención de los padres siempre es buena, hay determinados problemas que les desbordan e intentan darles soluciones equivocadas, por ejemplo, una rabieta. Si intentan darle solución con un grito, la primera vez se parará el niño, la segunda también, pero la tercera el niño gritará más fuerte, y el padre gritará más fuerte… y ya nos meteremos en la dinámica en la que la madre dice: ¡no puedo más con este niño! Yo lo que pretendo es hacer todo lo contrario. No atender a esto, y atender a la parte positiva. El niño tiene que entender que gritar no le vale para nada. Es todo un cambio, en la actitud de la madre primero y después en la del niño, que se pregunta por qué su madre cambia. La madre aprende a manejar la relación con su hijo. Ahora es un niño con límites, contenido, que es capaz de entender que las lágrimas y los gritos no llevan a ninguna parte y él lo comprende, porque su madre está siendo modelo en ese momento.


 

 
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