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Mª Ángeles Rodríguez, presidenta de la Asociación Nacional de Matronas


En España, uno de los primeros documentos reguladores es el hecho de que Alfonso X el Sabio señalara en su obra de carácter jurídico "Las siete partidas" (1256-1263): "La partera debe ocuparse de la atención a la madre también durante el embarazo." Igualmente, se preocupa el rey de la atención al niño cuando enumera las cualidades de una buena nodriza. No deja de resultar curioso el interés de un rey por estos problemas.

Existen referencias escritas a ciertas parteras pero, más bien, motivadas por la dignidad de la parturienta que por ellas mismas. Así sabemos que a Doña Jimena le asistió una partera llamada "La Herradera", y que a la Reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, le asistió una partera llamada Doña Quirce de Toledo.

También tenemos referencias escritas que nos demuestran que la comadrona era persona respetada. Precisamente en el relato del bautizo de Felipe II, se dice: "llevó a cristianar al Príncipe Felipe el Duque de Frías, a su derecha caminaba la comadrona que asistió el parto, y a su izquierda el Gran Duque de Alba".

Pero la existencia de la matrona como profesional no fue regulada hasta que en 1434 las Cortes de Zamora, y 1448 las Ordenanzas de Madrigal, dieron cartas de aprobación a médicos, cirujanos y parteras, para que pudieran ejercer libremente. Según el historiador Grangel, existió en España una pragmática firmada por los Reyes Católicos en 1498 que autoriza al Real Protomedicato para que examinara a las parteras, regulándose así de manera transitoria el ejercicio profesional.

En el año 1713, tal como ocurriera anteriormente en Francia, las matronas españolas ya     sabían que su monopolio había comenzado a dejar de serlo cuando en 1713 Julio Clement, comadrón de la Corte francesa, fue llamado a España para asistir el parto de la Reina Luisa Gabriela de Sajonia, esposa de Felipe V, primer soberano español de la Casa de Borbón, nieto de Luis XIV y nacido en Versalles. Conocedor el rey de los éxitos que los obstetras varones cosechaban en Francia, no quiso que a la Reina le asistieran las parteras españolas (E. Bumm, 1906). Éstas, como era de esperar, protestaron ante tan inaudita violación de sus derechos y publicaron escritos rechazando la intromisión de los hombres en el terreno obstétrico. Pero, las razones que esgrimían eran morales y religiosas, careciendo de toda base científica, por lo que sus grandes protestas no sirvieron de mucho y el obstetra varón acabó imponiéndose (E. Bumm, 1906).

 

 
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