“El niño debe disfrutar plenamente de juegos y recreaciones, los cuales deberán estar orientados hacia los fines perseguidos por la educación” Declaración Universal de los Derechos del Niño, principio número 7
El juego es un hecho fundamental para el desarrollo del niño, que además de divertirse y socializarse mediante esta actividad, aprende a expresar libremente sus sentimientos, potencia sus capacidades sensoriales y el entendimiento de su propio cuerpo.
Los juegos crean un vínculo de complicidad entre padres e hijos Si queremos estimular la inteligencia de nuestros hijos desde pequeños, es recomendable jugar con ellos desde edades muy tempranas. Dependiendo del tipo de juego ayudaremos a los niños a potenciar su parte física o su parte intelectual. Por ejemplo, los juegos de actividad física y de coordinación, son los indicados para el desarrollo de su cuerpo y los de concentración, memoria y relación, para el desarrollo de su mente. Además jugar con los niños ayuda a crear un vínculo de complicidad entre padres e hijos. Muchos juegos infantiles se basan en la interpretación de distintos roles o personajes, como jugar a las visitas, a las mamás o a policías y ladrones. Así los niños imitan un comportamiento específico que les ayuda en su proceso de socialización primaria, aprendiendo a asumir un rol social. El juego, al ser por lo general un proceso colectivo, favorece la capacidad del niño para actuar en la sociedad, defender su punto de vista, y contar con los demás. Los juegos colectivos con una participación activa de los niños son los más indicados para fomentar su pensamiento crítico, la capacidad de atención y la auto confianza. Además al implicar expresión oral, el juego hace que el niño manifieste sus sentimientos y opiniones. También es importante el desarrollo mental que implica el juego en los más pequeños, así los niños ponen en práctica su inventiva, su capacidad de decisión y de resolver problemas. Se aprende a diferenciar entre el mundo imaginario y de fantasía, que potencia la creatividad infantil, y el mundo real.

Con los estímulos sensoriales adecuados el niño desarrolla su capacidad física, intelectual y emocional Especialmente entre el primer y el tercer año de vida, el bebé se desarrolla a un ritmo de vida asombroso; su curiosidad y sed de conocimiento parecen insaciables. Es cada vez más ágil físicamente, y más sociable. Al comienzo de su segundo año de vida, prefiere observar a otros niños a distancia. A los pocos meses, probablemente disfrutará jugando con los de su misma edad y hacia la mitad del tercer año, empezará a relacionarse con ellos. Proporcionando los estímulos adecuados a través del juego, los padres pueden contribuir al desarrollo de sus hijos, que así se descubrirán a sí mismos y al mundo que les rodea. Puedes estimularle mediante juegos simples como agrupar objetos de acuerdo a sus características, por ejemplo por formato o colores, ordenar cosas según su tamaño, de mayor a menor o viceversa. Los juegos con legos, bloques y todo tipo de construcción, desarrollarán la visión espacial del niño, además de sus habilidades físicas. A partir de los 3 años podéis empezar a hacer rompecabezas y puzzles con él, y un poco más mayor jugar a los acertijos que estimulan su capacidad de racionamiento y deducción. Para el aprendizaje de acciones sociales, es recomendable jugar con el niño a “dar y recibir” (papá le da a mamá un juguete, mamá recibe el juguete), enseñarle a compartir y a dar las gracias y a pedir las cosas por favor. También puedes estimular su pensamiento lógico introduciendo al niño en el mundo de los conceptos, como distinguir izquierda y derecha, horizontal y vertical, cantidades, etc. En cuanto al desarrollo físico, los más adecuados son los juegos de movimiento, que favorecen la coordinación, el control del cuerpo y el desarrollo muscular. Puedes jugar con tu hijo con una pelota de goma espuma, para evitar que se haga daño, o poner un poco de música y bailar juntos, y acompañar a la canción improvisando instrumentos caseros.
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