Los bebés solo tienen una forma de comunicarse con sus padres para llamar su atención: el llanto. Desde que nacen, los niños son muy listos y enseguida notan que si lloran, sus papás acuden al momento a ver qué les ocurre. Por eso, en cuanto les sucede algo, recurren al llanto para que sus progenitores vengan a rescatarlos.
Normalmente, los bebés lloran por 6 motivos principales: hambre, incomodidad (si tienen el pañal sucio, por ejemplo), inseguridad o miedo, cansancio, aburrimiento o dolor. Por eso, lo principal si nuestro hijo solloza es comprobar que todo está bien, que no tiene hambre, ni sueño, ni está enfermo.
Si todo está en orden y sigue llorando, lo más probable es que el problema sea interior: que esté aburrido o tenga miedo. En ese caso, nuestra simple presencia debería bastar para calmarle. Pero si nada funciona, hay unos cuantos truquitos que puedes probar, a ver si alguno te sirve:
- Utiliza un chupete: a la mayoría de bebés les calma y tranquiliza meterse el pulgar en la boca o un chupete. Sin embargo, recurre a él en último término, no es bueno que dependa del chupete (luego te será más difícil quitárselo).
- Ponle en posición erguida: apóyale contra tu hombro y frótale suavemente la espalda. Pasea un poco con él, háblale o cántale suavemente.
- Colócale en un portabebés: métele en un portabebés y llévale contigo. Notar tu respiración y tu corazón le calmará. Además de estar cerca de ti, disfrutará con el movimiento al andar.
- Mécele: la mayoría de bebés (incluso las personas mayores) se calman con un movimiento rítmico: era lo habitual en la tripa de su mamá. Mécele suavemente en una cuna o en un cochecito, hacia delante y hacia atrás.
- Túmbale sobre tu pecho: échate en una cama o el sofá, bien apoyada sobre unos almohadones para estar cómoda. Coloca al bebé sobre tu pecho y frota suavemente su espalda. Os relajará a los dos, ¡pero no te quedes dormida!